jueves, 8 de julio de 2010

Una luz en la ventana

Truman Capote



En una oportunidad fui invitado a una boda. La novia me pidió que viajará en auto desde Nueva York con otros dos invitados, un matrimonio de apellido Roberts, a quienes no conocía. Era un día frío de abril, y en el viaje a Connecticut esta pareja, de unos cuarenta años, me resultó agradable. No eran personas con quienes querría pasar un fin de la semana, pero era simpáticos.

Sin embargo, en la recepción se consumió una enorme cantidad de alcohol; yo diría que mis compañeros conductores del auto consumieron un tercio del toral. Fueron los últimos en irse, como a las once de la noche, y yo me sentía preocupado al acompañarlos, pues sabía que estaban borrachos. Lo que no sabía era cuán borrachos. Habríamos hecho unos treinta kilómetros. El auto avanzaba tortuosamente mientras Mr. y Mrs. Roberts se insultaban de la manera más extraordinaria, en un diálogo digno de ¿Quién le teme a Virginia Woof? Comprensiblemente, en un momento dado Mr. Roberts se equivocó en una curva y fuimos a parar a un oscuro camino de campaña. Empecé a pedirles, a rogarles, que detuvieran el auto y me dejaran bajar, pero estaban tan absortos en sus vituperios que me ignoraron. Finalmente el auto se detuvo (temporariamente) al rozar un árbol. Aproveché la oportunidad para abrir la portezuela y desaparecer en un bosque. Después de un rato el maldito vehículo reanudó su marcha, dejándome solo en medio de la helada oscuridad. Estoy seguro de que mis amigos no me echaron de menos, y Dios sabe que yo tampoco.

Sin embargo, no me hacía muy feliz quedarme desamparado en ese lugar en una fría y ventosa noche. Eché a andar con la esperanza de llegar a una carretera. Después de media hora, no había visto ni signos de vida. De repente, junto al camino, vi una casita de madera con un porche y una ventana iluminada por la luz de una lámpara. Me dirigí de puntillas, subí al porche y miré por la ventana. Había una mujer vieja, de suave pelo canoso y rostro redondo y agradable, sentada junto a un hogar encendido, leyendo un libro. Había un gato acurrucado sobre su falda, y varios otros dormitando a sus pies.

Llamé a la puerta, y cuando me abrió le dije (me castañeaban los dientes):

-Lamento molestarla, pero he tenido una especie de accidente y querría usar su teléfono para llamar a un taxi.

- Que lástima –dijo sonriendo-, pero no tengo teléfono. Soy demasiado pobre. Pero entre, por favor.-Al pasar a la tibia habitación, me dijo:- Dios mío, muchacho, esta helado. ¿Puedo darle un café? ¿Una taza de té? Tengo un poco de whisky que dejó mi esposo…murió hace seis años.

Le dije que un poco de whisky me vendría muy bien.

Mientras lo servía me calenté las manos en el fuego y examiné la habitación. Era un recinto, ocupado por seis o siete gatos comunes, de pelajes de variados tonos. Miré el título del libro que leía Mrs. Kelly (ése era su nombre, como me enteré luego). Era Emma, de Jane Austen, una de mis autoras favoritas.

Cuando regresó, con un vaso con hielo y una polvorienta botella de bourbon, me dijo:

-Siéntese, siéntese. No tengo visitas muy a menudo. Claro, tengo mis gatos. De todos modos, ¿quiere quedarse a dormir? Tengo un hermoso cuarto de huéspedes que hace años nadie ocupa. Mañana puede caminar hacia la carretera y alguien lo llevará a la ciudad, donde encontrará un mecánico que le arregle el auto. Está a unos ocho kilómetros.

Le pregunté cómo podía vivir tan aislada, sin auto ni teléfono. Me dijo que su buen amigo, el cartero, se encargaba de sus compras.

-Albert. Un amigo tan querido, tan fiel. Pero se jubilará el año el año que viene. Entonces no sé qué haré. Pero ya surgirá algo. Tal vez un nuevo cartero que sea amable. Dígame, ¿qué clase de accidente tuvo?

Cuando le explique lo que había sucedido realmente, dijo indignada:

-Hizo muy bien. Yo no subiría a un auto manejado por alguien que haya olido siquiera un poco de jerez. Así perdí a mi marido. Estuvimos casados cuarenta años, cuarenta felices años, y lo perdí porque lo atropelló un auto conducido por un borracho. De no ser por mis gatos…- Acarició un gato atigrado, color anaranjado, que ronroneaba en su falda.

Conversamos junto al fuego hasta que se me empezaron a cerrar los ojos. Hablamos de Jane Austen (“Ah, Jane. Mi tragedia es que he leído todos sus libros tanta veces que los sé de memoria”) y de otros autores admirados: Thoreau, Willa Cather, Dickens, Lewis Carroll, Agatha Christie, Raymond Chandler, Hawthorne, Chejov, De Maupassant. Tenía la mente clara y conversación variada. La inteligencia iluminaba sus ojos avellana igual que la lámpara que derramaba su luz sobre la mesita, a su lado. Hablamos de los duros inviernos en Connecticut, de los políticos, de lugares distantes (“Nunca he estado en el extranjero, pero si tuviera oportunidad iría a África. Muchas veces he soñado con las verdes colinas, el calor, las hermosas jirafas, los elefantes por todas partes”), de la religión (“Por supuesto que fui católica de niña, pero ahora, casi me apena decir que tengo una mentalidad amplia. Debe ser por tantas lecturas”), la jardinería (“Cultivo todas las verduras que consumo, y también las envaso, por necesidad”). Finalmente:

-Discúlpeme por charlar tanto. No sabe el placer que me causa. Pero ya es tarde. Por lo menos, para mí.

Me llevó arriba, y me acosté cómodamente en una cama matrimonial, bajo una buena cantidad de edredones hechos de retazos. Entonces ella volvió, para darme las buenas noches y desearme buenos sueños. Me quedé despierto, pensando. Qué experiencia excepcional ser una mujer anciana y vivir sola en el medio de la nada. De repente, un desconocido llama a su puerta en la noche, y no sólo le abre, sino que lo hace pasar, le da la bienvenida y le proporciona alojamiento. De haber estado yo en su lugar y ella en el mío, dudo que yo hubiera tenido el valor, y mucho menos la generosidad, de hacerlo.

A la mañana siguiente me dio el desayuno en la cocina. Café y bizcochos calientes y crema en lata, pero tenía hambre y me pareció delicioso. La cocina era más vieja que el resto de la casa. La heladera hacía ruido y todo parecía a punto de fenecer, excepto un aparato bastante moderno, metido en un rincón: una congeladora.

Ella no dejaba de conversar:

-Me encantan los pájaros. Me siento tan culpable de no tirarles migajas en el invierno, pero no puedo permitir que se acerquen a la casa. Por los gatos. ¿Le gustan los gatos?

- Si. Tuve una siamesa llamada Toma. Vivió hasta los doce años, y viajamos juntos a todas partes. Por el mundo. Cuando murió no quise tener otro.

-Entonces tal vez entienda esto-dijo, llevándome hasta la congeladora y abriéndola. Adentro no había nada más que gatos: pilas de gatos congelados, conservados perfectamente. Docenas de gatos. Sentí algo extraño.-Todos mis viejos amigos. Que se han ido. No puedo perderlos. Del todo. Río, y dijo:-Supongo que pensará que estoy un poco chiflada.

Un poco chiflada. Sí, un poco chiflada, pensé mientras caminaba bajo el cielo gris en dirección a la carretera, tal como me había indicado. Pero radiante: una luz en la ventana.

Extraído del libro "Música para camaleones".

martes, 6 de julio de 2010

Música para camaleones

  Lo mejor de la obra de Truman Capote descansa a la sombra de A sangre fría. Su gestación fue tan tortuosa para el escritor, como demencial y desmedido su éxito posterior. Después de ese libro, Capote no hizo más que prometer una novela de la que solo escribió algunos capítulos. Plegarias atendidas sería un gran fresco social a la altura de En busca del tiempo perdido, declaraba Capote donde pudiera. Los capítulos publicados póstumamente fueron lo único que había. Nada se encontró después de su muerte.
 
  Antes y después de A sangre fría hubo la obra de un estilista. Capote fue uno de esos escritores que se apropian del lenguaje y encuentran su voz de manera temprana. A lo largo de su trayectoria no hizo más que comprimir y perfeccionar esa entonación. Del trayecto y del arco histórico de un estilo, de sus inicios como alumno aventajado del gótico sureño –no sé por qué, no me tomé el trabajo de releerlos, puede que sea el recuerdo de una atmósfera compartida, pero nada me cuesta sentir un eco lejano y asordinado de la poderosa voz de William Faulkner en cuentos como Niños en sus cumpleaños- a la textura aérea y liviana de la prosa de sus últimos trabajos, da cuenta, entre otras cosas,  el prefacio que Capote escribió como entrada a Música para camaleones.

   Libro de estructura híbrida y espacios autónomos, Música para camaleones es lo último y lo mejor que entregó el autor de Desayuno en Tiffany´s. Una especie de suma estilística. En él Capote trabaja con todos los géneros que abordó en su carrera: una colección de cuentos inquietantes, una novela corta de perfecta concisión y atmósfera aterradora escrita con la técnica de no fiction de A sangre fría, una serie de relatos y pérfiles periodísticos y un autorretrato despiadado y conmovedor que de alguna manera encuentra su sentido último en las palabras que Capote utilizó en el prefacio antes mencionado: “Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y este sólo tiene por finalidad la autoflagelación”.

  Música para camaleones muestra las marcas lacerantes que el látigo de Dios dejó en el alma atormentada de Truman Capote.

Diego Zappa

jueves, 1 de julio de 2010

La literatura según Saer

Durante los cinco días de suspensión, en los que no salí de casa, leí "La montaña mágica", que me gustó muchísimo; "Luz de agosto", fabuloso; un libro verde que se llamaba "Lolita", una verdadera mierda; "El largo adiós", obra francamente genial, y dos novelas del tarado de Ian Fleming.

Cicatrices, de Juan José Saer.

sábado, 19 de junio de 2010

Transpolítica

 Estamos en el final de una era de lo político: el poder multimediático ya no mediático, de la prensa y la televisión problematiza lo político. Esa transición es transpolítica. El mundo político al que estábamos acostumbrados es el de la democracia y la Ilustración. Ahora bien: hoy, el advenimiento de las teletecnologías emplaza un sistema de poder que no tiene nada que ver con el poder de control que tenían un gobierno, un ejército y una fuerza policial. No olvidemos que antes la palabra mediatizar significaba someterse a un señor; en la época feudal, estar mediatizado es estar sujeto a un señor: es mediático el que conserva un poder bajo control. Pero el poder mediático de la historia en su fase mediática implica una dimensión transpolítica en la que la tecnología y la cibernética se hallan en el corazón del dispositivo. Creo que si Michel Foucault estuviera entre nosotros, podría escribir un libro extraordinario, ya no sobre las micropolíticas sino sobre las macropolíticas de la cibernética, para interpretar el control potencialmente total, totalitario, globalitario: es decir, un totalitarismo sin exterior. Con los imperialismos conocimos un totalitarismo local, pero siempre había conflictos entre los imperialismos. Las facultades instantáneas de sumisión y control del globalitarismo son tales que, comparado con el que podría sobrevenir, el viejo totalitarismo, en el fondo, no es más que un accidente local. De ahí la necesidad del sentido crítico: la historia entra en crisis a través del tiempo real y el tiempo mundial, ya que el espacio entra en crisis a través del espacio virtual, el espacio cibernético.
Paul Virilio (Radar, 8 de diciembre de 2002)

sábado, 12 de junio de 2010

A man alone

Se cumplen 40 años de "Bryter Layter" segundo disco de Nick Drake. Tramando sonidos levemente jazzeados, melodías que se acercan a la canción francesa, temas instrumentales, bajos, baterías y viento, Drake delimita un territorio apacible, alejado (pero manteniendo tenues líneas de cruce) de las perturbadoras sombras de su primer disco. "Northern Sky es una canción esperanzadora" y "Fly" suplica una segunda oportunidad. Con todo, se desliza una incompleta oscuridad.
Un año antes, Drake había grabado "Five Leavest Left" donde oportunidades perdidas, falta de tiempo y soledad son constitutivos. Si bien "Time Has told me", la canción que inicia el disco, es un tema de amor y esperanza para un alma perdida, el resto del álbum se mece entre la tristeza y el desencanto. Por caso, "Saturday sun" lamenta la felicidad que nunca reconocemos hasta que se nos escapa de las manos. Una voz melancólica, una guitarra, un piano y un tenue anacronismo, acaso, una de las formas del devenir.
Cuando Drake graba su tercer y último disco ya transita la pendiente que lo llevará a la muerte: drogas, manía persecutoria, pánico e internaciones psiquiátricas. De todas maneras, el 25 de febrero de 1972, "Pink Moon" está en la calle (lo grabó en dos noches y lo dejó en la recepción de la discográfica).
Disco desesperado y solitario. No hay arreglos de cuerdas, sólo una guitarra y media hora con muchas de las canciones más oscuras y desgarradoras de Drake: paranoia, depresión, entropía, soledad…
Años después "Pink Moon" – tema que da nombre al álbum y advertencia sobre el holocausto nuclear- reaparecerá en una publicidad de autos. Procedimiento constitutivo del capitalismo para esmerilar la potencia subversiva del arte. Por supuesto, no es un caso aislado. Un relato inquietante de Cortázar fue utilizado para una publicidad de Renault. Mientras "La autopista del Sur" narra la alienación de la sociedad contemporánea, el corto publicitario (como no podía ser de otra manera) lo estandariza y construye una aberración consumista. Sabemos con Marx que el capitalismo es un sistema inmanente que constantemente desplaza sus límites. La publicidad es su brazo armado.
Drake murió una madrugada de 1974,
Esquivo, acaso inaprensible, la época no lo pudo narrar.

Gerardo Zappa

jueves, 10 de junio de 2010

La conjura de los imitadores

¿Cómo definir la crisis actual de la literatura? El régimen de los best-sellers es la rotación rápida. Muchos libreros tienden a convertirse en vendedores de discos que sólo se ocupan de productos incluidos en un repertorio suministrado por un top-club o un hit-parade. La rotación rápida constituye necesariamente un mercado de lo previsible: incluso lo "audaz", lo "escandaloso" y lo extraño se adaptan a las formas previstas por el mercado. Las condiciones de creación literaria, que sólo pueden desenvolverse en el elemento de lo inesperado, la rotación lenta y la difusión progresiva son muy frágiles. Nos arriesgamos a que los Beckett o Kafka del futuro, que no se parecerán ni a  Beckett ni a Kafka, no encuentren editor y pasen desapercibido(...) Se está desarrollando una monstruosa novela estándar, hecha de imitaciones de Balzac, de Stendhal, de Céline, de Beckett o de Duras. Pero es que Balzac es inimitable, Céline es inimitable: se trata de sintaxis nuevas, de "inesperados". Lo que se imita es ya una copia. Los imitadores se imitan entre ellos, y de ahí procede su enorme capacidad de propagación, así como la impresión de que son mejores que sus modelos, ya que conocen la técnica o la solución".
Gilles Deleuze
Conversaciones

domingo, 6 de junio de 2010

Richard McKenna. Los agonistas de Casey.

La ciencia ficción es para algunos un género menor, el hijo bastardo del fantástico, un puro entretenimiento: juegos más o menos inteligentes e intrincados de la imaginación. Además, dicen, sus libros suelen estar mal escritos. Por supuesto estas afirmaciones desde Frankenstein hasta la fecha se dan de frente y a la carrera contra la realidad. Hacedor de Estrellas, Más que humano y Crónicas marcianas son algunos ejemplos esclarecedores sobre este malentendido literario. Y nombres tan importantes como los de J.G. Ballard, Brian W. Aldiss y el gran Philip K. Dick enaltecen el género.
Claro también hay otros nombres y otros libros no tan célebres, pero de igual significación. Esto nos lleva al escritor ya desaparecido Richard McKenna.
Muerto a los 51 años cuando había alcanzado alguna notoriedad, cultivo el género de la ciencia ficción no sólo como categoría sino como una forma de concebir el universo. Sin embargo, y a pesar de dicha concepción, desde siempre intento abordar corrientes más realistas. Consideraba que el público de la ciencia ficción era limitado y quería llegar a la mayor cantidad de lectores posibles. Ganó el premio Harper con su novela Los granos de arena y algunos de sus mejores cuentos fueron publicados después de su muerte.

Libro de cuentos fronterizos entra la ciencia ficción y el género fantástico, Los agonistas de Casey es una verdadera proeza literaria. Sus cinco relatos son excelentes, dos de ellos –Los agonistas de Casey y El dorado- sencillamente magistrales.
El primero presta su nombre al libro y cuenta, entre otras cosas, sobre los rigores de la vida militar, las alucinaciones colectivas y la absoluta soledad en los umbrales de la muerte. Su comienzo es ejemplar “Nadie puede morir como quiere. Hay que atenerse al reglamento. Por eso estoy aquí, en esta sala para tuberculosos, con otros nueve reclutas. Instrucciones básicas para morir”.

Regresa cazador, es quizá, el que más se ajusta a las formas y conceptos narrativos de la ciencia ficción. El uso de materiales clásicos: naves espaciales, máquinas, planetas y galaxias. Transmutaciones, formas de inteligencia vegetal, ciencias manipuladoras y el futuro como escenario donde ocurren todas y cada una de las cosas.

En Un lugar secreto los mundos paralelos se confunden con los sueños y contiene además matices autobiográficos.

Mi propio camino, es un cuento de formas rituales que roza la antropología cultural.

Por último, El dorado, que de alguna manera liga con Los agonistas de Casey en cuanto repite aquello de las percepciones colectivas. Después, otra vez, los mundos paralelos y las entradas y los agujeros en el tiempo. Finalmente, la aterradora idea de estar gobernados por un Dios imperfecto y arbitrario.

Casi nada.

miércoles, 2 de junio de 2010

A confesión de partes...

"Un país de nuestras dimensiones, concentrado en las exportaciones y dependiente del comercio exterior, debe darse cuenta de que (...) misiones militares son necesarias para proteger nuestros intereses, como las rutas comerciales, o para impedir inestabilidad regional que pueda influir negativamente en nuestro comercio, el empleo y las ganancias".
Declaraciones del ex presidente de Alemania, Horst Koehler, a una radio alemana justificando la presencia militar en Afganistan.
Como sostuvo Deleuze en una conversación con Toni Negri "lo único universal del capitalismo es el mercado. No hay Estado universal porque ya existe un mercado universal cuyos focos y cuyas bolsas con los Estados".