¡Qué grande Binner!
Un estadista.
¡Puede ganarle a Alfonsín y a Duhalde en octubre! ¡Qué tarea difícil! Incluso, va a consolidar su victoria sobre Carrió, Rodríguez Saa y Altamira.
¡Qué grande Binner!
NO pará... no es que está en la chiquita, es realista... realista y honesto... realista y honesto y coherente... realista y honesto y coherente y...
¿Qué? ¿Decís que perdió en la provincia que gobierna?
No es así, perdió pero no... bueno, bueno, perdió por poco, aunque... en realidad no perdió porque ahí sí sumamos, para el análisis, los votos de Alfonsín y Carrió y entonces ganó, ganaron, no, ganó... ¡Qué buena explicación!
¡Qué grande Binner!¡Qué grande Binner!¡Qué grande de la Rúa! ¡Qué grande Binner!
(este comentario fue colgado por Alejandro y, no necesariamente, es compartido por todos los integrantes de preferiría no)
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miércoles, 17 de agosto de 2011
miércoles, 3 de agosto de 2011
Sobre internas abiertas, el FIT y la intelectualidad
Entrevista del Instituto del Pensamiento Socialista Karl Marx a Jorge Panesi
-¿Qué reflexión te merece el mecanismo de las internas abiertas y la exigencia de obtener 400 mil votos para presentar candidatos en las elecciones en octubre?
Jorge Panesi: La primera palabra que me surge (como me surge cada vez que pienso en el kirchnerismo) es “trampa”. Pero tiene su lógica de almacenero: se trata de acallar a los sectores políticos que llevan adelante una crítica sin concesiones, a los que más molestan, esto es, a la auténtica izquierda. Es el principal blanco de la ley de primarias abiertas y obligatorias. Y esto el gobierno lo hace con el aval y la complacencia de los que se reparten los dividendos del poder, los partidos llamados tradicionales, autores de los más grandes despojos económicos que hemos sufrido en estos decenios: el radicalismo y el mantel de retazos que el mismo kirchnerismo supo bordar dentro del partido justicialista. Son imágenes del mismo espejo: feudalismo provincial, lleno de enredos, corrupción y desdén por las masas populares. Con estos sectores políticos el kirchnerismo tiene, a pesar de las apariencias belicosas, una armonía preestablecida, que la izquierda con su sola presencia amenaza. Es más fácil transar con estos eventuales cómplices, como quedó establecido con la candidatura de Cobos, ido y vuelto del radicalismo, o con Fabiana Ríos, escapada de la Coalición Cívica, o establecer un pacto de silencio con Menem, provisorio escapado de la Justicia; la ley es parte de un proyecto político hegemónico a largo plazo. Tiene una fachada democrática que esconde un verdadero juego de exclusión.
-¿Por qué votar por el Frente de Izquierda el 14 de agosto?
Panesi: El Frente de Izquierda es la única garantía de que un discurso verdaderamente crítico y, por lo tanto, de defensa de los intereses populares tenga una representación que contrapese el discurso insípido de la llamada “oposición” y la farsa del kirchnerismo. Votar por el Frente es no olvidar que los aliados ya sean circunstanciales o íntimos del gobierno son los que han matado a Mariano Ferreyra. Son nuestros enemigos. No nos engañan las disputas entre la frívola mandataria hotelera y los engordados magnates de la CGT, forman parte del mismo barro, son intercambiables. Digo “farsa” porque desde la tergiversación estadística (o para decirlo más jurídicamente, “desde la adulteración de documentos públicos”), hasta la aniquilación de los propios amigos y la protección a las corporaciones, el kirchnerismo es una farsa ideológica que enchastra cuanto toca, sean los derechos humanos hasta el fútbol o la diversión. Sólo el Frente de Izquierda garantiza la implacable tenacidad de quienes no se dejan engañar por el soborno o las chafalonías de bazar que proponen el gobierno y los partidos burgueses.
-¿Qué opinión te merece el hecho de que Carta Abierta no se haya pronunciado respecto a los mecanismos de las internas de agosto que pueden impedir que el FIT se presente a elecciones presidenciales en octubre?
Panesi: ¿De qué extrañarse? El bureau fabricante de ideología –esa es toda la actividad crítica de quienes se aliaron sobre todo para defender sus puestos de funcionarios, o lo que es peor, para congraciarse sumisamente con el poder– no produce más que torpes gestos de apoyo inconcebibles para quienes han cacareado su postura “crítica”. La carta “abierta”, que me gusta llamar “carta lacrada” (recuerda más la lacra que el lacre) se encierra en su incondicional sumisión al gobierno, y no podría por definición, más que avalar su política electoral. Y, como se vio, poco importa si esta política es o no una rabiosa inconsistencia que puede ser contraproducente para el propio sector dominante. Ser críticos de esta maniobra sería claramente pasar por desobedientes del amo, y en la lógica del grupo gobernante la crítica sería claramente pasarse al otro bando, la traición. ¿Alguien contó el tendal de “traidores” que ha dejado el doble gobierno kirchnerista? La carta lacrada o el Té en la Biblioteca están condenados a ser un pensamiento esclavo que depende de las coyunturas que le interesan al gobierno. La “carta” no es “abierta”, es una carta encadenada a la mala fe. Y a la tristeza de sus pobres argumentos en los que es difícil reconocerse. Porque toda crítica intelectual es siempre y en última instancia, destituyente. Como dijo Viñas: no se puede ser intelectual y apoyar el pensamiento oficial.
-¿Qué tiene planteado el espacio que se conformó de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al FIT de cara a la elección de agosto?
Panesi: No sé si hay tiempo ya, pero habría que insistir en las contradicciones de esta ley, que fue ideada por Kirchner en otro momento de la coyuntura política. En la confusión sólo puede haber réditos para el gobierno. Habría que denunciar con todos los medios posibles la maniobra segregadora de la que la principal perjudicada es la izquierda. Hay que decirlo en la campaña, y más allá de ella, en nuestros lugares de acción o de trabajo. Es la principal estrategia que nos imponen las circunstancias
-¿Qué reflexión te merece el mecanismo de las internas abiertas y la exigencia de obtener 400 mil votos para presentar candidatos en las elecciones en octubre?
Jorge Panesi: La primera palabra que me surge (como me surge cada vez que pienso en el kirchnerismo) es “trampa”. Pero tiene su lógica de almacenero: se trata de acallar a los sectores políticos que llevan adelante una crítica sin concesiones, a los que más molestan, esto es, a la auténtica izquierda. Es el principal blanco de la ley de primarias abiertas y obligatorias. Y esto el gobierno lo hace con el aval y la complacencia de los que se reparten los dividendos del poder, los partidos llamados tradicionales, autores de los más grandes despojos económicos que hemos sufrido en estos decenios: el radicalismo y el mantel de retazos que el mismo kirchnerismo supo bordar dentro del partido justicialista. Son imágenes del mismo espejo: feudalismo provincial, lleno de enredos, corrupción y desdén por las masas populares. Con estos sectores políticos el kirchnerismo tiene, a pesar de las apariencias belicosas, una armonía preestablecida, que la izquierda con su sola presencia amenaza. Es más fácil transar con estos eventuales cómplices, como quedó establecido con la candidatura de Cobos, ido y vuelto del radicalismo, o con Fabiana Ríos, escapada de la Coalición Cívica, o establecer un pacto de silencio con Menem, provisorio escapado de la Justicia; la ley es parte de un proyecto político hegemónico a largo plazo. Tiene una fachada democrática que esconde un verdadero juego de exclusión.
-¿Por qué votar por el Frente de Izquierda el 14 de agosto?
Panesi: El Frente de Izquierda es la única garantía de que un discurso verdaderamente crítico y, por lo tanto, de defensa de los intereses populares tenga una representación que contrapese el discurso insípido de la llamada “oposición” y la farsa del kirchnerismo. Votar por el Frente es no olvidar que los aliados ya sean circunstanciales o íntimos del gobierno son los que han matado a Mariano Ferreyra. Son nuestros enemigos. No nos engañan las disputas entre la frívola mandataria hotelera y los engordados magnates de la CGT, forman parte del mismo barro, son intercambiables. Digo “farsa” porque desde la tergiversación estadística (o para decirlo más jurídicamente, “desde la adulteración de documentos públicos”), hasta la aniquilación de los propios amigos y la protección a las corporaciones, el kirchnerismo es una farsa ideológica que enchastra cuanto toca, sean los derechos humanos hasta el fútbol o la diversión. Sólo el Frente de Izquierda garantiza la implacable tenacidad de quienes no se dejan engañar por el soborno o las chafalonías de bazar que proponen el gobierno y los partidos burgueses.
-¿Qué opinión te merece el hecho de que Carta Abierta no se haya pronunciado respecto a los mecanismos de las internas de agosto que pueden impedir que el FIT se presente a elecciones presidenciales en octubre?
Panesi: ¿De qué extrañarse? El bureau fabricante de ideología –esa es toda la actividad crítica de quienes se aliaron sobre todo para defender sus puestos de funcionarios, o lo que es peor, para congraciarse sumisamente con el poder– no produce más que torpes gestos de apoyo inconcebibles para quienes han cacareado su postura “crítica”. La carta “abierta”, que me gusta llamar “carta lacrada” (recuerda más la lacra que el lacre) se encierra en su incondicional sumisión al gobierno, y no podría por definición, más que avalar su política electoral. Y, como se vio, poco importa si esta política es o no una rabiosa inconsistencia que puede ser contraproducente para el propio sector dominante. Ser críticos de esta maniobra sería claramente pasar por desobedientes del amo, y en la lógica del grupo gobernante la crítica sería claramente pasarse al otro bando, la traición. ¿Alguien contó el tendal de “traidores” que ha dejado el doble gobierno kirchnerista? La carta lacrada o el Té en la Biblioteca están condenados a ser un pensamiento esclavo que depende de las coyunturas que le interesan al gobierno. La “carta” no es “abierta”, es una carta encadenada a la mala fe. Y a la tristeza de sus pobres argumentos en los que es difícil reconocerse. Porque toda crítica intelectual es siempre y en última instancia, destituyente. Como dijo Viñas: no se puede ser intelectual y apoyar el pensamiento oficial.
-¿Qué tiene planteado el espacio que se conformó de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al FIT de cara a la elección de agosto?
Panesi: No sé si hay tiempo ya, pero habría que insistir en las contradicciones de esta ley, que fue ideada por Kirchner en otro momento de la coyuntura política. En la confusión sólo puede haber réditos para el gobierno. Habría que denunciar con todos los medios posibles la maniobra segregadora de la que la principal perjudicada es la izquierda. Hay que decirlo en la campaña, y más allá de ella, en nuestros lugares de acción o de trabajo. Es la principal estrategia que nos imponen las circunstancias
viernes, 22 de octubre de 2010
Represión
Documento de la Correpi
Las balas de la patota de la Unión Ferroviaria se descargaron sobre los trabajadores ferroviarios tercerizados, movilizados en reclamo por su reincorporación, mientras la policía liberaba la zona para que la fuerza de choque de la burocracia sindical operara con total seguridad, y con las espaldas bien cubiertas. Varios compañeros resultaron heridos. Mariano Ferreyra, estudiante de 23 años del CBC de Avellaneda y militante del Partido Obrero, recibió un disparo en el abdomen que causó su muerte. Otro proyectil impactó en la nuca de Elsa Rodríguez, de 56 años de edad, también militante del PO. La compañera, en gravísimo estado, lucha por su vida en el Hospital Argerich.
Así como los empresarios usan la tercerización del trabajo para profundizar la explotación, el gobierno terceriza la represión, para hacerla más eficaz y con menos costo político que cuando directamente manda sus policías y gendarmes.
Desde 2003, hemos visto con frecuencia creciente cómo el gobierno peronista de los Kirchner delega la represión en patotas de la burocracia sindical para amedrentar a los trabajadores. Como con los docentes, los estudiantes, los trabajadores del subte, del hospital Francés y del Garrahan, por poner unos pocos ejemplos, esta modalidad represiva permite al gobierno “lavarse las manos”, porque no es el aparato represivo formal el que ataca a los trabajadores, y también sirve para deslegitimar las luchas, con el aporte de los medios que titulan “interna entre gremios”. Así, con la intervención mancomunada de las empresas, la burocracia sindical y el gobierno, siguen queriendo disciplinar a los trabajadores organizados.
Con el asesinato de Mariano, suman siete los muertos por la represión en marchas o manifestaciones durante el gobierno de los Kirchner. Mariano Ferreyra suma su nombre a la lista que se iniciara en Jujuy, durante una movilización contra la tortura, con Luis Cuéllar, en 2003, y que continuó con Carlos Fuentealba (docente, Neuquén, 2007); Juan Carlos Erazo (trabajador del ajo, Mendoza, 2008), Facundo Vargas (Talar de Pacheco, 2010), Nicolás Carrasco y Sergio Cárdenas (Bariloche, 2010), los tres últimos en manifestaciones contra el gatillo fácil policial.
Es el mismo gobierno que encausa y encarcela luchadores, sin olvidar que, con otra variante represiva, la que se descarga de modo preventivo sobre la clase trabajadora no organizada, nos mata un joven por día, a través del gatillo fácil y la tortura.
Las balas de la patota de la Unión Ferroviaria se descargaron sobre los trabajadores ferroviarios tercerizados, movilizados en reclamo por su reincorporación, mientras la policía liberaba la zona para que la fuerza de choque de la burocracia sindical operara con total seguridad, y con las espaldas bien cubiertas. Varios compañeros resultaron heridos. Mariano Ferreyra, estudiante de 23 años del CBC de Avellaneda y militante del Partido Obrero, recibió un disparo en el abdomen que causó su muerte. Otro proyectil impactó en la nuca de Elsa Rodríguez, de 56 años de edad, también militante del PO. La compañera, en gravísimo estado, lucha por su vida en el Hospital Argerich.
Así como los empresarios usan la tercerización del trabajo para profundizar la explotación, el gobierno terceriza la represión, para hacerla más eficaz y con menos costo político que cuando directamente manda sus policías y gendarmes.
Desde 2003, hemos visto con frecuencia creciente cómo el gobierno peronista de los Kirchner delega la represión en patotas de la burocracia sindical para amedrentar a los trabajadores. Como con los docentes, los estudiantes, los trabajadores del subte, del hospital Francés y del Garrahan, por poner unos pocos ejemplos, esta modalidad represiva permite al gobierno “lavarse las manos”, porque no es el aparato represivo formal el que ataca a los trabajadores, y también sirve para deslegitimar las luchas, con el aporte de los medios que titulan “interna entre gremios”. Así, con la intervención mancomunada de las empresas, la burocracia sindical y el gobierno, siguen queriendo disciplinar a los trabajadores organizados.
Con el asesinato de Mariano, suman siete los muertos por la represión en marchas o manifestaciones durante el gobierno de los Kirchner. Mariano Ferreyra suma su nombre a la lista que se iniciara en Jujuy, durante una movilización contra la tortura, con Luis Cuéllar, en 2003, y que continuó con Carlos Fuentealba (docente, Neuquén, 2007); Juan Carlos Erazo (trabajador del ajo, Mendoza, 2008), Facundo Vargas (Talar de Pacheco, 2010), Nicolás Carrasco y Sergio Cárdenas (Bariloche, 2010), los tres últimos en manifestaciones contra el gatillo fácil policial.
Es el mismo gobierno que encausa y encarcela luchadores, sin olvidar que, con otra variante represiva, la que se descarga de modo preventivo sobre la clase trabajadora no organizada, nos mata un joven por día, a través del gatillo fácil y la tortura.
viernes, 15 de octubre de 2010
Los gurúes de los Kirchner
Beatriz Sarlo para La Nación (27-09-10)
La sofisticación de la teoría de Ernesto Laclau sobre el populismo no es materia de esta nota. Quien la escribe ha leído atentamente La razón populista (2005), pero ahora seguirá el ejemplo de lo que hace Laclau cuando lo reportean: usar instrumentos menos abstrusos y, a veces, singularmente toscos. En Internet, el lector podrá leer esas intervenciones periodísticas a veces provocadoras. Los reportajes a Laclau enhebran sentencias apodícticas, enunciados cortantes, frases sin fisuras, mandamientos, irreverencias, aforismos irónicos y predicciones. Se siente autorizado por su obra y por su renombre, que cuida especialmente cuando adivina una amenaza a su estrellato, por ejemplo Slavoj Zizek (a quien Chantal Mouffe define como un revolucionario retórico y vociferante, eximiendo a su marido de la ingrata tarea de echar tierra sobre un competidor de la izquierda académica).
Visiblemente halagados, en una entrevista reciente, Laclau y Chantal Mouffe rememoran anécdotas locales que no son comunes en Europa, donde viven. Parece que los asistentes al Congreso de Ciencia Política que hace poco tuvo lugar en San Juan les hacían firmar ejemplares y los convirtieron en temporarias celebrities intelectuales. Pese a esta cordial resonancia entre los cientistas políticos del Congreso, la lectura de La razón populista es una tarea para entrenados. En cambio, En torno a lo político (2007), de Chantal Mouffe, la muestra como una pensadora disciplinada y poco extravagante.
En sus libros Laclau tiene un estilo trabajoso; en sus reportajes es simple y va al grano. No es necesario que un político haya leído a Laclau para entender lo que dice en las entrevistas. La difusión de las ideas se produce en círculos concéntricos y esto lo saben bien quienes hacen historia de la cultura. De modo que, salvo para los especialistas, Laclau puede circular tranquilamente en su simplificada versión mediática. Vale como ejemplo de esa difusión la actual reivindicación de la palabra "enemigo" en vez de "adversario" que emiten muchos de los voceros del Gobierno, puesta en valor que probablemente se haya originado en académicos que hoy militan en el Poder Ejecutivo, como Juan Manuel Abal Medina. Digamos, de paso, que Chantal Mouffe no podría reivindicar este uso desafiante de la palabra enemigo por razones que se verán más adelante y que prueban mayor sutileza intelectual y sensatez política.
De todos modos, antes de tocar la carne palpitante de actualidad que pone Laclau en sus entrevistas, vale la pena mencionar algunas de las ideas de La razón populista , aunque se corra el riesgo de herir su oscuridad y simplificar sus arabescos.
Ernesto Laclau considera que, cuando un sistema político atraviesa una crisis que afecta las viejas formas y estructuras, cuando aparece disperso o desmembrado como la Argentina a comienzos de este siglo, sólo el populismo es capaz de construir nuevamente una unidad, articulando las demandas diferentes que estallan por todas partes y volviéndolas equivalentes, es decir, aptas para sumarse en un mismo campo. Por eso, el populismo no tiene un contenido definido de antemano, sino que depende de las reivindicaciones que se articulen en esa nueva unidad. Al hacerlo se traza una frontera que divide a la sociedad en dos partes; una de ellas, el pueblo, es un "componente parcial que aspira a ser concebido como la única totalidad legítima". Suena históricamente conocido.
Cuanto más demandas diferentes sean integradas, más amplio será el campo enemigo, hasta tal punto que el discurso populista gira en torno de un "significante vacío". Pero no se trata de un vacío abstracto sino de un vacío que permite producir sentidos políticos, como -el ejemplo es de Laclau- la consigna "pan, tierra y libertad" o, con mayor actualidad, "capas medias versus morochos".
Podría decirse que estas definiciones de Laclau se aplican a todo nuevo régimen político. También podría decirse que el trazado de una línea interna que separe las demandas de quienes las rechazan es la política misma, no sólo la forma populista de la política. La intervención política ordena demandas y define conflictos. Para Laclau, la forma política apropiada (por lo menos para América latina, pero no sólo para América latina) es el populismo, que puede ser de izquierda o de derecha, pero Dios quiso que, en este momento del continente, con Chávez a la cabeza, fuera de izquierda.
Hasta aquí la discusión podría desarrollarse en el empíreo de las ideas sin mayores consecuencias. Pero Laclau es incomparablemente más simple cuando saca la mirada del "significante vacío" y la pone en la política real. Allí se vuelve esquemático y sus ejemplos parecen un poco elementales y alejados de las múltiples determinaciones concretas. Sin muchas mediaciones, aborda los hechos como si encontrara en ellos la directa versión empírica de sus categorías ideales.
En una entrevista reciente, traduce vertiginosamente las tesis de su libro: "Si existe una demanda concreta de un grupo local sobre un tema como transporte y la municipalidad la niega, hay una demanda frustrada. Pero si la gente empieza a ver que hay otras demandas en otros sectores y que también son negadas, entonces empieza a crearse entre todas esas demandas una cierta unidad y empiezan a formar la base de una oposición al poder. En cierto momento es necesario cristalizar esa cadena de equivalencias entre demandas insatisfechas en un significante que las significa a ellas como totalidad: es el momento de la ruptura populista, cuando la relación líder-masa empieza a cristalizar. Pero hay todo un renglón intermedio que es el momento parlamentario. Ese momento muchas veces opera sobre bases clientelísticas y puede tratar de interrumpir la relación populista entre masa y líder. Cuando ocurre, entonces tenemos a un poder parlamentario, antipersonalista, que se opone a la movilización de bases".
El servicial ejemplo de un grupo que pide una mejora en el transporte transcurriría antes del advenimiento del líder populista; con ese grupo, también en ese momento anterior, coexistiría otro que pide un sistema de salas de primeros auxilios y un tercero que reclama mejoras en las escuelas elementales. Todos tienen objetivos diferentes, pero el líder populista puede convertir esas demandas en una cadena de equivalencias que se enfrenten, por ejemplo, con los responsables de una injusta distribución del gasto público. En ese momento se traza una línea de separación y se funda un sujeto popular. Perón viene a la mente como el líder histórico que realizó esta paradigmática construcción de hegemonía, encontrando el nombre que desde entonces designa al enemigo del pueblo: la oligarquía, los vendepatria, etcétera.
Por eso, Perón, Chávez o cualquier líder populista están autorizados por el carácter de la operación hegemónica a limitar la república parlamentaria que distorsiona la política, ya que difiere o impide el trazado de una línea nítida y la definición del conflicto. Una "frontera interna", que divida claramente al pueblo de sus enemigos, requiere una "invocación política". Invocar quiere decir llamar y dar nombre: socialismo bolivariano frente al imperio, kirchnerismo frente a las corporaciones.
Sin embargo, a diferencia de lo que muchos pensamos y eventualmente tememos, Laclau sostiene que la conflictividad kirchnerista es incompleta. Por un lado no ha profundizado la frontera con los enemigos de todas las reivindicaciones populares; por el otro, no le ha dado un discurso a esa identidad que, de todos modos, ha contribuido a fundar.
Si alguien se imagina a Kirchner relamiéndose de gusto, alentado por esta explicación, y preparando nuevos tendidos de líneas divisorias, no se equivocará, aunque, para ser justos, también debería reconocerse que Kirchner no la necesita para hacer lo que hace y lo que hizo. Laclau agrega otros buenos argumentos para la persistencia en el poder de los líderes populistas (en general son los mismos argumentos por los cuales podría permanecer una dictadura): "Soy partidario hoy en América latina de la reelección presidencial indefinida. No de que un presidente sea reelegido de por vida, sino de que pueda presentarse. Por ejemplo, por el presente período histórico, sin Chávez el proceso de reforma en Venezuela sería impensable; si hoy se va, empezaría un período de restauración del viejo sistema a través del Parlamento y otras instituciones. Sin Evo Morales, el cambio en Bolivia es impensable. En Argentina no hemos llegado a una situación en la que Kirchner sea indispensable, pero si todo lo que significó el kirchnerismo como configuración política desaparece, muchas posibilidades de cambio van a desaparecer".
Laclau ha ido depositando refinadas capas de teoría sobre su populismo de origen, aquel adoptado como hipótesis histórica en su primera patria intelectual: el partido y las ideas de Jorge Abelardo Ramos. Esto no es una revelación inquietante, ya que para Laclau, como se ha dicho, el populismo es la forma misma de lo político.
La cuestión debería matizarse cuando se lee a Chantal Mouffe e incluso cuando se registran sus opiniones en (una menor) cantidad de entrevistas. Chantal Mouffe no es una teórica del populismo sino que interviene en el debate sobre el carácter de la democracia. De modo legible y con claridad expone que la democracia no es simplemente un régimen de consensos sino el escenario de disputas que las instituciones encuadran dentro de sus reglas para que no se vuelvan destructivas. No podría estar más de acuerdo. Si Laclau no muestra ningún interés por el aspecto institucional de las democracias y sostiene solamente la legitimidad de origen (es decir que un gobierno haya ganado elecciones), Chantal Mouffe está preocupada por redefinir la democracia no como la institucionalidad que sólo permite la construcción de acuerdos que evadan las contradicciones reales, sino también el despliegue y la eventual resolución de conflictos. El foco de la mirada teórica de Laclau y Mouffe, en el último libro de cada uno de ellos es, por eso, diferente.
La pregunta sería: ¿es el gobierno de los Kirchner un gobierno populista? Si la respuesta es afirmativa, la crítica liberal institucionalista es obtusa por su fijación en los pormenores sin grandeza política de la administración. Pero no sería posible criticarlo por lo que no se propone ser: su legitimidad, como la de Chávez, es una legitimidad de origen, y sus modalidades son las de un liderazgo que ha comprendido que, frente al viraje de Occidente hacia la derecha, las posibilidades pasan por el populismo si se busca superar el estancamiento social y el retraso provocados por el capitalismo.
En ese caso, al gobierno de Kirchner habría que pedirle más populismo (tal como lo hace Laclau) y no menos. Laclau considera al kirchnerismo un populismo todavía "incompleto" si se lo compara con el chavismo. ¿Qué quiere decir más populismo? Que el kirchnerismo profundice el corte político que constituye al pueblo, que profundice la división de la sociedad entre los de abajo y los de arriba (estoy citándolo) y, si es necesario, que rompa los marcos institucionales que se convierten en barreras a la vitalidad y la dinámica de la decisión política; que defina el conflicto y no se confunda: los adversarios son siempre enemigos. Laclau no está interesado en el trámite de las decisiones políticas (que son monopolio del líder); se conforma con la legitimidad electoral de origen como base de una democracia populista.
El reformismo democrático tramitado en las instituciones no sólo tiene como destino el fracaso sino que no merece ser nombrado como política. Para Laclau es sólo administración. La épica de lo político se sostiene en el corte, no en el gradualismo. En eso se funda el olímpico desprecio con que Laclau amontona en la derecha o en la traición al pueblo a Hermes Binner, a Ricardo Alfonsín, a Elisa Carrió y Margarita Stolbizer. Tal como tratan los Kirchner desde hace un tiempo a cualquiera que definan como adversario devenido enemigo. Naturalmente, Martín Sabbatella le parece a Laclau un político inteligente y acertado. A Solanas le aconseja que vuelva a dedicarse al cine.
Con este reparto de premios y castigos la teoría desciende al llano. Laclau puede sentirse satisfecho de este nuevo encuentro del pensamiento nacional de izquierda con un líder populista. Un sueño vuelto realidad gracias a un "significante vacío" llenado por los Kirchner a quienes la teoría también les habilita la reelección indefinida. Sería cosa de modificar la Constitución, ese fetiche.
Chantal Mouffe se interesa por cuestiones diferentes y, por eso, es esperanzador que se diga que la Presidenta la estima, aunque todavía no haya dado muestras concretas de esa simpatía intelectual. Plantea no la partición conflictiva de lo político (que por supuesto da por descontado), sino las formas en que la política puede tramitar los conflictos. Para Laclau, al trazar una frontera que define al pueblo, la política ha cumplido su función fundadora y se trata, de allí en más, de las victorias que obtiene ese pueblo (o su dirigente) en una larga guerra de posiciones. Para Chantal Mouffe, en cambio, si bien es imposible abolir los antagonismos, la política puede transformarlos en "una forma de oposición nosotros/ellos que sea compatible con la democracia pluralista", "transformar el antagonismo en agonismo" y desplegar democráticamente un "modelo adversarial".
La diferencia entre Laclau y Chantal Mouffe es evidente. Desde la perspectiva de Laclau las instituciones liberal-democráticas son solamente formas objetivadas ("alienadas", se habría dicho hace tiempo) que ocultan relaciones de poder económico y social. Chantal Mouffe, que no rechazaría de plano esta definición, tiene, sin embargo, mejores perspectivas para evaluar sus consecuencias prácticas en la escena política, entre ellas que una hipótesis de conflicto se agite continuamente como estandarte en cada una de los escenarios cotidianos. Y esta agitación belicosa parece ser lo que está sucediendo.
La sofisticación de la teoría de Ernesto Laclau sobre el populismo no es materia de esta nota. Quien la escribe ha leído atentamente La razón populista (2005), pero ahora seguirá el ejemplo de lo que hace Laclau cuando lo reportean: usar instrumentos menos abstrusos y, a veces, singularmente toscos. En Internet, el lector podrá leer esas intervenciones periodísticas a veces provocadoras. Los reportajes a Laclau enhebran sentencias apodícticas, enunciados cortantes, frases sin fisuras, mandamientos, irreverencias, aforismos irónicos y predicciones. Se siente autorizado por su obra y por su renombre, que cuida especialmente cuando adivina una amenaza a su estrellato, por ejemplo Slavoj Zizek (a quien Chantal Mouffe define como un revolucionario retórico y vociferante, eximiendo a su marido de la ingrata tarea de echar tierra sobre un competidor de la izquierda académica).
Visiblemente halagados, en una entrevista reciente, Laclau y Chantal Mouffe rememoran anécdotas locales que no son comunes en Europa, donde viven. Parece que los asistentes al Congreso de Ciencia Política que hace poco tuvo lugar en San Juan les hacían firmar ejemplares y los convirtieron en temporarias celebrities intelectuales. Pese a esta cordial resonancia entre los cientistas políticos del Congreso, la lectura de La razón populista es una tarea para entrenados. En cambio, En torno a lo político (2007), de Chantal Mouffe, la muestra como una pensadora disciplinada y poco extravagante.
En sus libros Laclau tiene un estilo trabajoso; en sus reportajes es simple y va al grano. No es necesario que un político haya leído a Laclau para entender lo que dice en las entrevistas. La difusión de las ideas se produce en círculos concéntricos y esto lo saben bien quienes hacen historia de la cultura. De modo que, salvo para los especialistas, Laclau puede circular tranquilamente en su simplificada versión mediática. Vale como ejemplo de esa difusión la actual reivindicación de la palabra "enemigo" en vez de "adversario" que emiten muchos de los voceros del Gobierno, puesta en valor que probablemente se haya originado en académicos que hoy militan en el Poder Ejecutivo, como Juan Manuel Abal Medina. Digamos, de paso, que Chantal Mouffe no podría reivindicar este uso desafiante de la palabra enemigo por razones que se verán más adelante y que prueban mayor sutileza intelectual y sensatez política.
De todos modos, antes de tocar la carne palpitante de actualidad que pone Laclau en sus entrevistas, vale la pena mencionar algunas de las ideas de La razón populista , aunque se corra el riesgo de herir su oscuridad y simplificar sus arabescos.
Ernesto Laclau considera que, cuando un sistema político atraviesa una crisis que afecta las viejas formas y estructuras, cuando aparece disperso o desmembrado como la Argentina a comienzos de este siglo, sólo el populismo es capaz de construir nuevamente una unidad, articulando las demandas diferentes que estallan por todas partes y volviéndolas equivalentes, es decir, aptas para sumarse en un mismo campo. Por eso, el populismo no tiene un contenido definido de antemano, sino que depende de las reivindicaciones que se articulen en esa nueva unidad. Al hacerlo se traza una frontera que divide a la sociedad en dos partes; una de ellas, el pueblo, es un "componente parcial que aspira a ser concebido como la única totalidad legítima". Suena históricamente conocido.
Cuanto más demandas diferentes sean integradas, más amplio será el campo enemigo, hasta tal punto que el discurso populista gira en torno de un "significante vacío". Pero no se trata de un vacío abstracto sino de un vacío que permite producir sentidos políticos, como -el ejemplo es de Laclau- la consigna "pan, tierra y libertad" o, con mayor actualidad, "capas medias versus morochos".
Podría decirse que estas definiciones de Laclau se aplican a todo nuevo régimen político. También podría decirse que el trazado de una línea interna que separe las demandas de quienes las rechazan es la política misma, no sólo la forma populista de la política. La intervención política ordena demandas y define conflictos. Para Laclau, la forma política apropiada (por lo menos para América latina, pero no sólo para América latina) es el populismo, que puede ser de izquierda o de derecha, pero Dios quiso que, en este momento del continente, con Chávez a la cabeza, fuera de izquierda.
Hasta aquí la discusión podría desarrollarse en el empíreo de las ideas sin mayores consecuencias. Pero Laclau es incomparablemente más simple cuando saca la mirada del "significante vacío" y la pone en la política real. Allí se vuelve esquemático y sus ejemplos parecen un poco elementales y alejados de las múltiples determinaciones concretas. Sin muchas mediaciones, aborda los hechos como si encontrara en ellos la directa versión empírica de sus categorías ideales.
En una entrevista reciente, traduce vertiginosamente las tesis de su libro: "Si existe una demanda concreta de un grupo local sobre un tema como transporte y la municipalidad la niega, hay una demanda frustrada. Pero si la gente empieza a ver que hay otras demandas en otros sectores y que también son negadas, entonces empieza a crearse entre todas esas demandas una cierta unidad y empiezan a formar la base de una oposición al poder. En cierto momento es necesario cristalizar esa cadena de equivalencias entre demandas insatisfechas en un significante que las significa a ellas como totalidad: es el momento de la ruptura populista, cuando la relación líder-masa empieza a cristalizar. Pero hay todo un renglón intermedio que es el momento parlamentario. Ese momento muchas veces opera sobre bases clientelísticas y puede tratar de interrumpir la relación populista entre masa y líder. Cuando ocurre, entonces tenemos a un poder parlamentario, antipersonalista, que se opone a la movilización de bases".
El servicial ejemplo de un grupo que pide una mejora en el transporte transcurriría antes del advenimiento del líder populista; con ese grupo, también en ese momento anterior, coexistiría otro que pide un sistema de salas de primeros auxilios y un tercero que reclama mejoras en las escuelas elementales. Todos tienen objetivos diferentes, pero el líder populista puede convertir esas demandas en una cadena de equivalencias que se enfrenten, por ejemplo, con los responsables de una injusta distribución del gasto público. En ese momento se traza una línea de separación y se funda un sujeto popular. Perón viene a la mente como el líder histórico que realizó esta paradigmática construcción de hegemonía, encontrando el nombre que desde entonces designa al enemigo del pueblo: la oligarquía, los vendepatria, etcétera.
Por eso, Perón, Chávez o cualquier líder populista están autorizados por el carácter de la operación hegemónica a limitar la república parlamentaria que distorsiona la política, ya que difiere o impide el trazado de una línea nítida y la definición del conflicto. Una "frontera interna", que divida claramente al pueblo de sus enemigos, requiere una "invocación política". Invocar quiere decir llamar y dar nombre: socialismo bolivariano frente al imperio, kirchnerismo frente a las corporaciones.
Sin embargo, a diferencia de lo que muchos pensamos y eventualmente tememos, Laclau sostiene que la conflictividad kirchnerista es incompleta. Por un lado no ha profundizado la frontera con los enemigos de todas las reivindicaciones populares; por el otro, no le ha dado un discurso a esa identidad que, de todos modos, ha contribuido a fundar.
Si alguien se imagina a Kirchner relamiéndose de gusto, alentado por esta explicación, y preparando nuevos tendidos de líneas divisorias, no se equivocará, aunque, para ser justos, también debería reconocerse que Kirchner no la necesita para hacer lo que hace y lo que hizo. Laclau agrega otros buenos argumentos para la persistencia en el poder de los líderes populistas (en general son los mismos argumentos por los cuales podría permanecer una dictadura): "Soy partidario hoy en América latina de la reelección presidencial indefinida. No de que un presidente sea reelegido de por vida, sino de que pueda presentarse. Por ejemplo, por el presente período histórico, sin Chávez el proceso de reforma en Venezuela sería impensable; si hoy se va, empezaría un período de restauración del viejo sistema a través del Parlamento y otras instituciones. Sin Evo Morales, el cambio en Bolivia es impensable. En Argentina no hemos llegado a una situación en la que Kirchner sea indispensable, pero si todo lo que significó el kirchnerismo como configuración política desaparece, muchas posibilidades de cambio van a desaparecer".
Laclau ha ido depositando refinadas capas de teoría sobre su populismo de origen, aquel adoptado como hipótesis histórica en su primera patria intelectual: el partido y las ideas de Jorge Abelardo Ramos. Esto no es una revelación inquietante, ya que para Laclau, como se ha dicho, el populismo es la forma misma de lo político.
La cuestión debería matizarse cuando se lee a Chantal Mouffe e incluso cuando se registran sus opiniones en (una menor) cantidad de entrevistas. Chantal Mouffe no es una teórica del populismo sino que interviene en el debate sobre el carácter de la democracia. De modo legible y con claridad expone que la democracia no es simplemente un régimen de consensos sino el escenario de disputas que las instituciones encuadran dentro de sus reglas para que no se vuelvan destructivas. No podría estar más de acuerdo. Si Laclau no muestra ningún interés por el aspecto institucional de las democracias y sostiene solamente la legitimidad de origen (es decir que un gobierno haya ganado elecciones), Chantal Mouffe está preocupada por redefinir la democracia no como la institucionalidad que sólo permite la construcción de acuerdos que evadan las contradicciones reales, sino también el despliegue y la eventual resolución de conflictos. El foco de la mirada teórica de Laclau y Mouffe, en el último libro de cada uno de ellos es, por eso, diferente.
La pregunta sería: ¿es el gobierno de los Kirchner un gobierno populista? Si la respuesta es afirmativa, la crítica liberal institucionalista es obtusa por su fijación en los pormenores sin grandeza política de la administración. Pero no sería posible criticarlo por lo que no se propone ser: su legitimidad, como la de Chávez, es una legitimidad de origen, y sus modalidades son las de un liderazgo que ha comprendido que, frente al viraje de Occidente hacia la derecha, las posibilidades pasan por el populismo si se busca superar el estancamiento social y el retraso provocados por el capitalismo.
En ese caso, al gobierno de Kirchner habría que pedirle más populismo (tal como lo hace Laclau) y no menos. Laclau considera al kirchnerismo un populismo todavía "incompleto" si se lo compara con el chavismo. ¿Qué quiere decir más populismo? Que el kirchnerismo profundice el corte político que constituye al pueblo, que profundice la división de la sociedad entre los de abajo y los de arriba (estoy citándolo) y, si es necesario, que rompa los marcos institucionales que se convierten en barreras a la vitalidad y la dinámica de la decisión política; que defina el conflicto y no se confunda: los adversarios son siempre enemigos. Laclau no está interesado en el trámite de las decisiones políticas (que son monopolio del líder); se conforma con la legitimidad electoral de origen como base de una democracia populista.
El reformismo democrático tramitado en las instituciones no sólo tiene como destino el fracaso sino que no merece ser nombrado como política. Para Laclau es sólo administración. La épica de lo político se sostiene en el corte, no en el gradualismo. En eso se funda el olímpico desprecio con que Laclau amontona en la derecha o en la traición al pueblo a Hermes Binner, a Ricardo Alfonsín, a Elisa Carrió y Margarita Stolbizer. Tal como tratan los Kirchner desde hace un tiempo a cualquiera que definan como adversario devenido enemigo. Naturalmente, Martín Sabbatella le parece a Laclau un político inteligente y acertado. A Solanas le aconseja que vuelva a dedicarse al cine.
Con este reparto de premios y castigos la teoría desciende al llano. Laclau puede sentirse satisfecho de este nuevo encuentro del pensamiento nacional de izquierda con un líder populista. Un sueño vuelto realidad gracias a un "significante vacío" llenado por los Kirchner a quienes la teoría también les habilita la reelección indefinida. Sería cosa de modificar la Constitución, ese fetiche.
Chantal Mouffe se interesa por cuestiones diferentes y, por eso, es esperanzador que se diga que la Presidenta la estima, aunque todavía no haya dado muestras concretas de esa simpatía intelectual. Plantea no la partición conflictiva de lo político (que por supuesto da por descontado), sino las formas en que la política puede tramitar los conflictos. Para Laclau, al trazar una frontera que define al pueblo, la política ha cumplido su función fundadora y se trata, de allí en más, de las victorias que obtiene ese pueblo (o su dirigente) en una larga guerra de posiciones. Para Chantal Mouffe, en cambio, si bien es imposible abolir los antagonismos, la política puede transformarlos en "una forma de oposición nosotros/ellos que sea compatible con la democracia pluralista", "transformar el antagonismo en agonismo" y desplegar democráticamente un "modelo adversarial".
La diferencia entre Laclau y Chantal Mouffe es evidente. Desde la perspectiva de Laclau las instituciones liberal-democráticas son solamente formas objetivadas ("alienadas", se habría dicho hace tiempo) que ocultan relaciones de poder económico y social. Chantal Mouffe, que no rechazaría de plano esta definición, tiene, sin embargo, mejores perspectivas para evaluar sus consecuencias prácticas en la escena política, entre ellas que una hipótesis de conflicto se agite continuamente como estandarte en cada una de los escenarios cotidianos. Y esta agitación belicosa parece ser lo que está sucediendo.
viernes, 16 de julio de 2010
La política para Weber. Lo político para Schmitt.
Introducción y objeto del presente trabajo.
El objeto del presente trabajo es aproximarnos al concepto de “política” y de “lo político” desde las definiciones realizadas por dos autores de gran influencia en el campo de la teoría política como son Max Weber y Carl Schmitt.
El objeto del presente trabajo es aproximarnos al concepto de “política” y de “lo político” desde las definiciones realizadas por dos autores de gran influencia en el campo de la teoría política como son Max Weber y Carl Schmitt.
El estudio no tiene pretensiones definitivas en la temática que trata; intentará identificar los elementos comunes que se observan en ambas definiciones y comenzar a señalar lo que parecería ser una característica propia y recurrente en el abordaje de la cuestión política durante los primeros años del siglo pasado, teñido de componentes fuertemente antiliberales, antidemocráticos y autoritarios.
Buscaremos, por lo menos en el punto estudiado y con las limitadas obras analizadas, encontrar elementos comunes en el andamiaje teórico de dos autores muy influyentes, que provienen de tradiciones y orígenes ideológicos disímiles, pero que demuestran un punto de convergencia significativo. La aproximación conceptual que encontramos en algunos tópicos tratados por los mismos, al hablar del Estado y de la política, indican la existencia de variables culturalmente presentes e identificables en la intelectualidad Europa de principios del siglo XX, marcada a fuego por los prolegómenos y el desarrollo de la denominada Gran Guerra Europea. [1] Estos posibles puntos de contacto no pretenden exonerar ni morigerar la enorme responsabilidad que tuvo Schmitt como teórico y militante del régimen nazi ni, mucho menos, indicar que ese hubiera sido el camino seguido por Weber.
Weber y la política.
Para Weber, política es la “dirección de la asociación política a la que hoy se denomina Estado, o la influencia que se ejerce sobre esta dirección”.[2] Esta definición de política se encuentra emparentada, como no podía ser de otra forma, con su definición de Estado y los componentes esenciales que conforman tal definición.
Para Weber “en el presente un Estado es una comunidad humana que reclama (con éxito) el monopolio del uso legítimo de la fuerza física en un territorio determinado. Obsérvese que el “territorio” es una de las características del Estado. En la actualidad, el derecho a usar la fuerza física se adscribe específicamente a otras instituciones o a individuos sólo en la medida en que lo permite el Estado, ya que éste es considerado como la única fuente del “derecho” a usar la violencia”.[3] Aproximación clara y clásica (¿casi un axioma?).
Podemos identificar en esta definición un componente de interrelación social, pues la comunidad humana que reclama el monopolio de la fuerza lo hace en virtud de la imposición y la reproducción de un sistema social de dominación. Esta aseveración resulta más clara cuando observamos que, “al igual que las instituciones políticas que lo precedieron, el Estado es una relación de hombres que dominan a otros, una relación que se apoya en la violencia legítima (es decir en la violencia considerada como legítima)”.[4]
Apoyado en las definiciones precedentes, Weber completa su aproximación al concepto de política, señalando que “significa… el esfuerzo por compartir el poder o por influir en su distribución, ya sea entre los Estados, o en el interior del Estado, entre los grupos humanos que comprende, lo cual corresponde también al uso corriente del término”.[5]
Schmitt y lo político.
Para Schmitt “el concepto del Estado supone el de lo político. Para el lenguaje actual, Estado es el status político de un pueblo organizado sobre un territorio delimitado”.[6] Este status de un pueblo es su decisión con respecto a su ser y a su existir, definida de una manera particular[7]; es la voluntad del pueblo (una cosa existencial) quien funda la unidad política y jurídica. O, en otras palabras, la unidad y ordenación reside en la existencia política del Estado y éste en la voluntad política del pueblo.
Resulta esencial precisar esta íntima relación entre orden y unidad y el concepto de Estado, pues de la misma se concatenan una serie de afirmaciones que llevan al autor a considerar como enemigo interno del Estado a quien atente contra este orden y esta unidad, y al propio Estado como definidor de quién es su enemigo interno al que puede destruir.[8] Sobre este punto volveremos en unos párrafos.
Para Schmitt la decisión, más precisamente la decisión política, es el elemento sobre el que descansa la existencia estatal. “La decisión política adoptada sobre el modo y forma de la existencia estatal, que integra la sustancia de la Constitución , es válida porque la unidad política de cuya Constitución se trata existe… No necesita justificarse en una norma ética o jurídica; tiene sentido en la existencia política”.[9] De esta forma, la validez de una norma se apoya en la voluntad existencial de quien la emite. “La legitimidad democrática se apoya, por el contrario, en el pensamiento de que el Estado es la unidad política de un pueblo. Sujeto de esta definición del Estado es el Pueblo; Estado es el status político de un Pueblo”.[10]
Volvamos al inicio de este punto, hemos señalado que el concepto de Estado supone el de lo político. ¿Esto significa identidad o subsunción de un término en otro? La respuesta es no; no siempre. Para Schmitt la absoluta equiparación entre “estatal” y “político” es comprensible y legítima en el plano científico en el Estado total del siglo XX, en donde la democracia eliminará todas las neutralizaciones y despolitizaciones típicas del siglo XIX liberal. “Como concepto polémicamente contrapuesto a tales neutralizaciones y despolitizaciones de sectores importantes de la realidad (en el siglo XIX, que eran religión, cultura, educación, economía) aparece el Estado total propio de la identidad entre Estado y sociedad, jamás desinteresado frente a ningún sector de la realidad y potencialmente comprensivo de todos. Como consecuencia, en él todo es político, al menos virtualmente, y la referencia al Estado no basta ya para fundar un carácter distintivo específico de los político”. [11]
Amigo-Enemigo: reagrupamiento que define el fenómeno de lo político.
Carl Schmitt busca una distinción de fondo a la que pueda ser remitido todo el actuar político. Esta específica distinción política a la cual es posible referir las acciones y los motivos políticos es la existente entre amigo y enemigo. [12] “El fenómeno de lo “político” puede ser comprendido sólo mediante la referencia a la posibilidad real del reagrupamiento amigo-enemigo, prescindiendo de las consecuencias que de ello se derivan en cuanto a la valoración religiosa, moral, estética, económica de lo “político” mismo”. [13]
“No hay necesidad de que el enemigo político sea moralmente malo o estéticamente feo; no debe necesariamente presentarse como un competidor económico y tal vez pueda también parecer ventajoso concluir negocios con él. El enemigo es simplemente el otro, el extranjero, y basta a su esencia que sea existencialmente, en un sentido particular intensivo, algo otro o extranjero, de modo que en el caso extremo sean posibles con él conflictos que no puedan ser decididos ni a través de un sistema de normas preestablecidas ni mediante la intervención de un tercero “descomprometido” y por eso “imparcial””.[14]
Para Schmitt, quien toma parte del conflicto amigo-enemigo puede decidir si el mismo “significa la negación del modo propio de existir y si es por ello necesario defenderse y combatir para preservar el propio, peculiar, modo de vida”.[15] El enemigo no es el “competidor” propio de la teoría liberal; enemigo es quien, aunque sea potencialmente, amenaza mi existencia.[16] Y es el Estado quien determinada al enemigo y lo combate en virtud de una decisión propia.[17] Si el enemigo amenaza su existencia, si quiera potencialmente, y proviene desde fuera de las fronteras territoriales, estamos hablando de un enemigo externo. En cuanto al orden interno, el Estado debe garantizar tranquilidad, seguridad y orden. Esto le atribuye, en consecuencia, la posibilidad de determinar al enemigo interno. La unidad política Estado define su destino, cuando la pacificación y el orden interior se han deteriorado, mediante una guerra civil.
La lucha política.
La idea de enemigo encierra necesariamente el concepto de lucha, entendido en términos que superan lo figurativo del concepto y reflejan incluso la posibilidad de eliminación física de aquel. Pero debe entenderse que “lo político” no es la lucha misma sino la posibilidad de lucha.
En la teoría schmittiana, estamos hablando de una lucha que implica la destrucción del enemigo, no de una simple contienda. Se presenta como la eliminación real, y no sólo virtual, del otro. Parece exagerado lo que planteamos, pero para corroborar que no nos alejamos de lo que originalmente plantea el autor, nos resulta importante transcribir el siguiente párrafo: “En efecto, en el “Estado constitucional”… la Constitución es la expresión del orden social, la existencia misma de la sociedad de los ciudadanos del Estado. Por ello, cuando la Constitución es atacada, la lucha se decide fuera de la Constitución y del derecho, y por consiguiente por la fuerza de las armas”.[18]
La antinomia amigo – enemigo y su resolución por medio de la lucha, incorpora el elemento fuerza pública o fuerza estatal a la idea de determinación de la decisión política fundamental y, por ende, a la determinación de lo que es Estado.
Primeras conclusiones. Algunas consistencias.
Tanto Weber como Schmitt entienden inescindible la definición de “política” y de “lo político” de la concepción (o “esencia” para Schmitt) que se tenga del Estado. Y puede observarse que, con diferentes matices, para ambos autores el concepto de Estado supone más que sus objetivizaciones en instituciones y está conformado por un fenómeno que precede y supera a lo institucional: “lo social”, lo colectivo, el pueblo y su conciencia, manifestado de forma relacional. Ya sea como decisión fundamental de un pueblo o como monopolio de la fuerza por parte de una comunidad política, siempre estamos en presencia de lo colectivo.
La relación se presenta, en ambos autores, como relaciones antagónicas: dominante-dominado, amigo-enemigo.
También observamos en ambos autores que el concepto de “fuerza”, “violencia” o “lucha” son elementos decisivos. Parecerían ser cuestiones que no pueden despegarse de la definición de política y de lo político, son componentes recurrentes y estables, que encuentran su mejor acepción en la idea de fuerza o violencia complementada con el calificativo de estatal.
¿Son la lucha y la violencia elementos inherentes, imposibles de ser obviadas en una definición de lo político, o podemos encontrar, en otros autores y en otras épocas, definiciones que no coloquen a ambos conceptos como ejes definidores?
[1] Sobre el viraje ideológico que parecía vislumbrarse en la obra de Max Weber, y que no se llegó a cristalizar por su muerte prematura ocurrida a los 56 años el 20 de junio de 1920, se ha señalado que, al momento de contribuir a la redacción de la Constitución de Weimar, “abogó por el establecimiento de una democracia plebiscitaria, en reemplazo de la clásica democracia parlamentaria de los políticos de profesión; en su concepción, la democracia plebiscitaria era una versión de la dominación carismática que derivaba su legitimidad del consenso de los gobernados electoralmente expresada y en la que el líder plebiscitario ejercía el control de la maquinaria gubernamental y del partido. Con esta propuesta Weber ya había abandonado el marco del liberalismo tradicional y su visión del orden democrático. La historia quiso que Alemania conociera un remedo caricaturesco de su democracia plebiscitaria pocos años más tarde, pero el no alcanzaría a verlo…”. (Torre, Juan Carlos, Ensayo introductorio en Weber, Max, Ciencia y Política – La Política como profesión, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1980). Este punto parecería enlazarse con la desaprobación y denostación que Schmitt realiza, unos años después, del parlamentarismo como forma de gobierno y a las ya decadentes instituciones de la República de Weimar. Para Schmitt, la decisión es el principal acontecimiento político y soberano es quien decide sobre el estado de excepción. “Su contribución al andamiaje jurídico del Tercer Reich tuvo como principal objetivo justificar la existencia histórica de un estado político de excepción, en el que el Parlamento sólo desempeñaría las funciones de un garante de la cúpula del partido en el gobierno. Al proporcionarle validez teórica y estructura legal al decisionismo, el derecho concebido por juristas e ideólogos como Schmitt justificó una dictadura que limitaba la actuación de las instancias parlamentarias y terminaba por excluirlas de las resoluciones de Estado”. (Aguilar, Héctor Orestes, Ensayo introductorio “Carl Schmitt, el teólogo y su sombra” en “Carl Schmitt, teólogo de la política”, prologo y selección de textos de Aguilar, Héctor Orestes, México, Fondo de Cultura Económica, 2001).
[2] Weber, Max, Ciencia y Política – La Política como profesión, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1980, p. 65.
[4] Weber, Max, Ciencia y Política – La Política como profesión, p. 67. En este punto debemos evitar la tentación de una mirada unidimensional sobre los recursos que, para Weber, hacen a la estatidad y a su definición. Si bien asigna un lugar preponderante a la utilización de los recursos violencia legítima y territorio como definidores de la estatidad, bajo ningún concepto les da carácter exclusivo. De esta forma podemos observar que los recursos materiales y su control y la posibilidad de replicar estructuras de dominación, también forman parte de la definición de lo estatal. De esta forma “Toda empresa de dominación, que requiere una continuidad administrativa, exige que la conducta humana esté orientada hacia la obediencia de los jefes que pretenden ser portadores del poder legítimo. Por otra parte, en virtud de esta obediencia, el dominio organizado requiere del control de los bienes materiales que, en un caso dado, son necesarios para el uso de la violencia física. El dominio organizado requiere así del control personal ejecutivo y de los elementos materiales de gestión”. Ob. Cit., p. 69.
[6] Schmitt, Carl, “El concepto de lo político”, en “Carl Schmitt, teólogo de la política”, prologo y selección de textos de Aguilar, Héctor Orestes, México, Fondo de Cultura Económica, p. 171.
[7] “El Estado es una situación, definida de una manera particular, de un pueblo, más precisamente la situación que sirve de criterio en el caso decisivo, y constituye por ello el status exclusivo frente a muchos posibles status individuales y colectivos”. Schmitt, Carl, “El concepto de lo político”, en “Carl Schmitt, teólogo de la política”, prologo y selección de textos de Aguilar, Héctor Orestes, México, Fondo de Cultura Económica, p. 171.
[11] Schmitt, Carl, “El concepto de lo político”, en “Carl Schmitt, teólogo de la política”, prologo y selección de textos de Aguilar, Héctor Orestes, p. 174.
[12] Schmitt, Carl, “El concepto de lo político”, en “Carl Schmitt, teólogo de la política”, prologo y selección de textos de Aguilar, Héctor Orestes, p. 177.
[13]Schmitt, Carl, “El concepto de lo político”, en “Carl Schmitt, teólogo de la política”, prologo y selección de textos de Aguilar, Héctor Orestes, p. 185. Tan fuerte resulta esta relación antinómica que “Todo enfrentamiento religioso, moral, económico, étnico o de otro tipo se transforma en un enfrentamiento político si es lo bastante fuerte como para reagrupar efectivamente a los hombres en amigos y enemigos”, p. 186.
[14] Schmitt, Carl, “El concepto de lo político”, en “Carl Schmitt, teólogo de la política”, prologo y selección de textos de Aguilar, Héctor Orestes, p. 177.
[15] Schmitt, Carl, “El concepto de lo político”, en “Carl Schmitt, teólogo de la política”, prologo y selección de textos de Aguilar, Héctor Orestes, p. 178.
[16] “Enemigo no es el competidor o el adversario en general. Enemigo no es sólo un conjunto de hombre que combate, al menos virtualmente, o sea sobre una posibilidad real, y que se contrapone a otro agrupamiento humano del mismo género. Enemigo es sólo enemigo público, puesto que todo lo que se refiere a semejante agrupamiento, y en particular a un pueblo íntegro, deviene por ello mismo público”. Schmitt, Carl, “El concepto de lo político”, en “Carl Schmitt, teólogo de la política”, prologo y selección de textos de Aguilar, Héctor Orestes, p. 179.
[17] “Al Estado, en cuanto unidad sustancialmente política, le compete el jus belli, o sea la posibilidad real de determinar al enemigo y combatirlo en casos concretos y por la fuerza de una decisión propia”. Schmitt, Carl, “El concepto de lo político”, en “Carl Schmitt, teólogo de la política”, prologo y selección de textos de Aguilar, Héctor Orestes, p. 193.
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