La cosa
Abelardo Castillo
La Cosa está ahí, sentada en mi sillón Voltaire, frente a esta mesa, y entrecerrando soñadoramente sus ojitos joviales y malévolos me dice con la cabeza que sí, que puedo contar esta historia, empezarla por donde debo empezar y escribir cuánto me gustaban esos viejos bares de Buenos Aires, un poco sórdidos, que, como los zaguanes y los patios, inexorablemente han ido desapareciendo hasta los suburbios de la ciudad. Despachos de bebidas, se llamaban antes. Cada día que pasa quedan menos, pero si uno sabe buscarlos todavía puede encontrar alguno en la recova del Once, en los alrededores del puente Pueyrredon o en una cortada de Pompeya. La fórmica ha hecho retroceder a la madera, y el buen olor del vino tinto y del tabaco negro va siendo reemplazado por el de la pizza y el de las hamburguesas; pero todavía quedan algunos.
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura y ciudad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura y ciudad. Mostrar todas las entradas
martes, 27 de diciembre de 2011
jueves, 8 de diciembre de 2011
Literatura y ciudad (11)
El otro cielo
Julio Cortázar
(...) En todo caso bastaba ingresar en la deriva placentera del ciudadano que se deja llevar por sus preferencias callejeras, y casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre. Aquí, por ejemplo, el Pasaje Guemes, Territorio ambiguo donde ya hace tanto tiempo fui a quitarme la infancia como un traje usado. Hacia el año veintiocho, el Pasaje Güemes era la caverna del tesoro en que deliciosamente se mezclaban la entrevisión del pecado y las pastillas de menta, donde se voceaban las ediciones vestertinas con crímenes a toda página y ardían las luces de la sala del subsuelo donde pasaban inalcanzables películas realistas. Las josiane de aquellos días debían mirarme con un gesto entre maternal y divertido, yo con unos miseables centavos en el bolsillo pero andando como un hombre, el chambergo requintado y las manos en los bolsillos, fumando un Commander precisamente porque mi padastro me había profetizado que acabaría ciego por culpa del tabaco rubio. Recuerdo sobre todo olores y sonidos, algo como una expectativa y una ansiedad, el kiosco donde se podían comprar revistas con mujeres desnudas y anuncios de falsas manicuras, y ya entonces era sensible a ese falso cielo de estucos y claraboyas sucias, a esa noche artificial que ignoraba la estupidez del día y del sol ahí afuera. Me asomaba con falsa indiferencia a las puertas del pasaje donde empezaba el último misterio, los suyos ascensores que llevarían a los consultorios de enfermedades venéreas y tambien a los presuntos paraísos en lo más alto, con mujeres de la vida y amorales, como les llamaban los diarios, con bebidas preferentemente verdes en copas biseladas, con batas de seda y kimonos violeta, y los departamentos tendrían el mismo perfume que salía de las tiendas que yo creía elegantes y que chisporroteaban sobre la penumbra del pasaje un bazar inalcanzable de frascos y cajas de cristal y cisnes rosa y polvos rachel y cepillos de mangos transparentes.
Todavía hoy me cuesta cruzar el pasaje Güemes sin enternecerme irónicamente con el recuerdo de la adolescencia al borde de la caída; la antigua fascinación perdura siempre, y por eso me gustaba echar a andar sin rumbo fijo, sabiendo que en cualquier momento entraría en la zona de las galerias cubiertas, donde cualquier sordida botica polvorienta me atraía más que los escaparates tendidos a la insolencia de las calles abiertas. La Galerie Vivienne, por ejemplo, o el Passage des Panoramas con sus ramificaciones, sus cortadas que rematan en una librería de viejo, o una inexplicable agencia de viajes donde quizá nadie compró nunca un billete de ferrocarril, ese mundo que ha optado por un cielo próximo, de vidrios sucios y estucos con figuas alegóricas que tienden las manos para ofrecer una guirnalda, esa Galerie Vivienne a un paso de la ignomia diurna de la rue Réaumur y de la Bolsa ( yo trabajo en la Bolsa), cuánto de ese barrio ha sido mio desde siempre, desde mucho antes de sospecharlo ya era mio cuando apostado en un rincón del Pasaje Güemes, contando mis pocas monedas de estudiante, debatía el problema de gastarlas en un bar automático o comprar una novela y un surtido de caramelos ácidos en su bolsa de papel transparente, con un cigarrillo que me nublaba los ojos y en el fondo del bolsillo, donde los dedos lo rozaban a veces, el sobrecito del preservativo comprado con falsa desenvoltura en una farmacia atendida solamente por hombres, y que no tendría la menos oportunidad de utilizar con tan poco dinero y tanta infancia en la cara.
Julio Cortázar
(...) En todo caso bastaba ingresar en la deriva placentera del ciudadano que se deja llevar por sus preferencias callejeras, y casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre. Aquí, por ejemplo, el Pasaje Guemes, Territorio ambiguo donde ya hace tanto tiempo fui a quitarme la infancia como un traje usado. Hacia el año veintiocho, el Pasaje Güemes era la caverna del tesoro en que deliciosamente se mezclaban la entrevisión del pecado y las pastillas de menta, donde se voceaban las ediciones vestertinas con crímenes a toda página y ardían las luces de la sala del subsuelo donde pasaban inalcanzables películas realistas. Las josiane de aquellos días debían mirarme con un gesto entre maternal y divertido, yo con unos miseables centavos en el bolsillo pero andando como un hombre, el chambergo requintado y las manos en los bolsillos, fumando un Commander precisamente porque mi padastro me había profetizado que acabaría ciego por culpa del tabaco rubio. Recuerdo sobre todo olores y sonidos, algo como una expectativa y una ansiedad, el kiosco donde se podían comprar revistas con mujeres desnudas y anuncios de falsas manicuras, y ya entonces era sensible a ese falso cielo de estucos y claraboyas sucias, a esa noche artificial que ignoraba la estupidez del día y del sol ahí afuera. Me asomaba con falsa indiferencia a las puertas del pasaje donde empezaba el último misterio, los suyos ascensores que llevarían a los consultorios de enfermedades venéreas y tambien a los presuntos paraísos en lo más alto, con mujeres de la vida y amorales, como les llamaban los diarios, con bebidas preferentemente verdes en copas biseladas, con batas de seda y kimonos violeta, y los departamentos tendrían el mismo perfume que salía de las tiendas que yo creía elegantes y que chisporroteaban sobre la penumbra del pasaje un bazar inalcanzable de frascos y cajas de cristal y cisnes rosa y polvos rachel y cepillos de mangos transparentes.
Todavía hoy me cuesta cruzar el pasaje Güemes sin enternecerme irónicamente con el recuerdo de la adolescencia al borde de la caída; la antigua fascinación perdura siempre, y por eso me gustaba echar a andar sin rumbo fijo, sabiendo que en cualquier momento entraría en la zona de las galerias cubiertas, donde cualquier sordida botica polvorienta me atraía más que los escaparates tendidos a la insolencia de las calles abiertas. La Galerie Vivienne, por ejemplo, o el Passage des Panoramas con sus ramificaciones, sus cortadas que rematan en una librería de viejo, o una inexplicable agencia de viajes donde quizá nadie compró nunca un billete de ferrocarril, ese mundo que ha optado por un cielo próximo, de vidrios sucios y estucos con figuas alegóricas que tienden las manos para ofrecer una guirnalda, esa Galerie Vivienne a un paso de la ignomia diurna de la rue Réaumur y de la Bolsa ( yo trabajo en la Bolsa), cuánto de ese barrio ha sido mio desde siempre, desde mucho antes de sospecharlo ya era mio cuando apostado en un rincón del Pasaje Güemes, contando mis pocas monedas de estudiante, debatía el problema de gastarlas en un bar automático o comprar una novela y un surtido de caramelos ácidos en su bolsa de papel transparente, con un cigarrillo que me nublaba los ojos y en el fondo del bolsillo, donde los dedos lo rozaban a veces, el sobrecito del preservativo comprado con falsa desenvoltura en una farmacia atendida solamente por hombres, y que no tendría la menos oportunidad de utilizar con tan poco dinero y tanta infancia en la cara.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Literatura y ciudad (10)
Cicatrices
Juan José Saer
Veo el limpiaparabrisas rasar con ritmo regular el parabrisas sobre el que las gotitas de llovizna estallan imperceptibles cayendo de la masa blancuzca que rodea el automóvil adensándose alrededor a medida que se distancia y dejando entrever apenas las fachadas húmedas que chorrean agua y se desvanecen por momentos para reaparecer después entre los desgarramientos de la niebla, y las dos hileras de fachadas separadas por la angosta calle reluciente por la que rueda el automóvil, desplazándose hacia atrás. Los vidrios laterales están empañados; si trato de mirar por ellos, no veo más que los manchones de niebla moviéndose lentamente, las miríadas destellantes de partículas húmedas y los manchones grises o amarillos de las fachadas. En la primera esquina, un gorila solitario, envuelto en un impermeable azul y con sombrero hundido en el cráneo, de modo tal que apenas si se le ve la cara, se encoge para toser. Después paso a su lado y queda atrás.
Doblo por Mendoza, hacia donde debiera estar saliendo el sol, y el coche se desliza lento, pasando por delante de la estación de ómnibus. Hay algunos gorilas en los andenes. Se pasean o están inmóviles, junto a montones de bultos y valijas. Abiertos en el fondo, los andenes se ciegan de niebla detrás, y la sombra de la noche, que todavía no se ha esfumado del todo, contrasta con la niebla y está como deslumbrante. Una sombra lisa, densificada, pulida. Y los gorilas que mueven la cabeza o levantan una mano para pasársela por los ojos o llevarse el cigarrillo a los labios, insertan unas manchas pálidas, que desaparecen enseguida, en la penumbra negra. No hay un solo colectivo en ninguno de los andenes, y las ventanillas cerradas me impiden escuchar nada del exterior. No sé si los altoparlantes que anuncian la llegada y la salida de los colectivos se encuentran funcionando, ni si los pasos o las voces de los gorilas resonando sobre el cemento sucio de lubricante y el techo combo de los andenes, suenan altos o bajos. No escucho más que el ruido monótono del motor que cambia a veces cuando cambio la marcha para doblar en las esquinas o acelerar de golpe y apenas por un momento, ya que por distracción he oprimido un poco más el pedal del acelerador.
Doblo hacia la izquierda y paso frente al Correo que ya esta iluminado. Gorilas se pasean detrás de los ventanales de la planta baja, detrás incluso de los largos mostradores. Al rasgarse la niebla, puedo ver sus bustos desplazándose como si un carril los impulsara sobre la superficie de los mostradores. El empedrado de la avenida del puerto reluce y el coche avanza ahora con una marcha menos regular. Veo a través del parabrisas venir hacia mí las altas palmeras que relucen, envueltas en la niebla, y las columnas del alumbrado que rematan en los globos blancos que emiten una claridad débil, comida ya por la mañana. Las grandes hojas de las palmeras están inmóviles y se extienden por encima de las columnas del alumbrado. Los troncos chorrean agua. La avenida del puerto está completamente desierta. Las palmeras y los globos de alumbrado viene hacia mí y enseguida desaparecen detrás. También el empedrado húmedo avanza hacia las ruedas del automóvil y cuando paso por un hundimiento de la calle en el que se ha formado un charco de agua viene desde debajo de las ruedas un rumor líquido que se mezcla con el sumbido monótono del motor; durante un momento, el parabrisas se llena de unas gruesas salpicaduras que el limpiaparabrisas comienza a arrasar diseminándolas primero sobre el cristal en el lugar que ha golpeado, y arrastrándolas después hacia los bordes del parabrisas, dejándome el espacio suficiente para ver el camino, adelante. El espacio limpio del vidrio va borroneándose hacia los costados, y las gotitas que caen incansablemente sobre él permanecen intactas durante un momento, emitiendo una delgadísima franja de brillos, y después desaparecen.
Juan José Saer
Veo el limpiaparabrisas rasar con ritmo regular el parabrisas sobre el que las gotitas de llovizna estallan imperceptibles cayendo de la masa blancuzca que rodea el automóvil adensándose alrededor a medida que se distancia y dejando entrever apenas las fachadas húmedas que chorrean agua y se desvanecen por momentos para reaparecer después entre los desgarramientos de la niebla, y las dos hileras de fachadas separadas por la angosta calle reluciente por la que rueda el automóvil, desplazándose hacia atrás. Los vidrios laterales están empañados; si trato de mirar por ellos, no veo más que los manchones de niebla moviéndose lentamente, las miríadas destellantes de partículas húmedas y los manchones grises o amarillos de las fachadas. En la primera esquina, un gorila solitario, envuelto en un impermeable azul y con sombrero hundido en el cráneo, de modo tal que apenas si se le ve la cara, se encoge para toser. Después paso a su lado y queda atrás.
Doblo por Mendoza, hacia donde debiera estar saliendo el sol, y el coche se desliza lento, pasando por delante de la estación de ómnibus. Hay algunos gorilas en los andenes. Se pasean o están inmóviles, junto a montones de bultos y valijas. Abiertos en el fondo, los andenes se ciegan de niebla detrás, y la sombra de la noche, que todavía no se ha esfumado del todo, contrasta con la niebla y está como deslumbrante. Una sombra lisa, densificada, pulida. Y los gorilas que mueven la cabeza o levantan una mano para pasársela por los ojos o llevarse el cigarrillo a los labios, insertan unas manchas pálidas, que desaparecen enseguida, en la penumbra negra. No hay un solo colectivo en ninguno de los andenes, y las ventanillas cerradas me impiden escuchar nada del exterior. No sé si los altoparlantes que anuncian la llegada y la salida de los colectivos se encuentran funcionando, ni si los pasos o las voces de los gorilas resonando sobre el cemento sucio de lubricante y el techo combo de los andenes, suenan altos o bajos. No escucho más que el ruido monótono del motor que cambia a veces cuando cambio la marcha para doblar en las esquinas o acelerar de golpe y apenas por un momento, ya que por distracción he oprimido un poco más el pedal del acelerador.
Doblo hacia la izquierda y paso frente al Correo que ya esta iluminado. Gorilas se pasean detrás de los ventanales de la planta baja, detrás incluso de los largos mostradores. Al rasgarse la niebla, puedo ver sus bustos desplazándose como si un carril los impulsara sobre la superficie de los mostradores. El empedrado de la avenida del puerto reluce y el coche avanza ahora con una marcha menos regular. Veo a través del parabrisas venir hacia mí las altas palmeras que relucen, envueltas en la niebla, y las columnas del alumbrado que rematan en los globos blancos que emiten una claridad débil, comida ya por la mañana. Las grandes hojas de las palmeras están inmóviles y se extienden por encima de las columnas del alumbrado. Los troncos chorrean agua. La avenida del puerto está completamente desierta. Las palmeras y los globos de alumbrado viene hacia mí y enseguida desaparecen detrás. También el empedrado húmedo avanza hacia las ruedas del automóvil y cuando paso por un hundimiento de la calle en el que se ha formado un charco de agua viene desde debajo de las ruedas un rumor líquido que se mezcla con el sumbido monótono del motor; durante un momento, el parabrisas se llena de unas gruesas salpicaduras que el limpiaparabrisas comienza a arrasar diseminándolas primero sobre el cristal en el lugar que ha golpeado, y arrastrándolas después hacia los bordes del parabrisas, dejándome el espacio suficiente para ver el camino, adelante. El espacio limpio del vidrio va borroneándose hacia los costados, y las gotitas que caen incansablemente sobre él permanecen intactas durante un momento, emitiendo una delgadísima franja de brillos, y después desaparecen.
lunes, 7 de noviembre de 2011
Literaturay ciudad (9)
Insomnio
Marcelo Cohen
Sin despegarse del banco, las solapas del tabardo levantadas, se incorporó lo suficiente para otear la perspectiva desolada de la plaza. Aunque hiciera años que no lo veía, aunque la ciudad lo tuviera vedado, el mar estaba cerca y a esa hora exhalaba un olor a sebo y a crustáceos: tenzado en el viento, llegaba para impregnar las panzas de los cables telegráficos. ¿Para qué quiero ese olor? ¿A qué viene esta vista? Ezequiel saludó con un movimiento de cabeza al gestor que ocupaba todo el tercer piso de su edificio. Siempre se olvidaba de que era miope. Hizo lo posible por no volver a dormirse. No supo si no se durmió. Sobre el verde angosto de los parches de gramilla, entre oficinistas con sobretodo y pinches de hotel, diez o doce soldados norteamericanos jugaban al fútbol con una lata de cerveza Heinecken. Estaban de licencia, o podía que su misión consistiera en estar de licencia en la ciudad. Había tan poca luz que cuando la lata salía despedida a la explanada de concreto, al borde de la Alcaldía, los pozos de la noche se la tragaban y los jugadores parecían acariciar el aire como bailarinas indisciplinadas. Del otro lado, medio ocultos por el bronce del monumento a Krámer, varios muchachos y una chica enfundados en cuero de los talones al cuello compartían cigarrillos king-size. Y en la vereda opuesta, bajo la marquesina tuerta del hotel, empezaba la hilera de vendedores ambulantes, un cónclave abierto y silencioso que se extendía ante la fachada de Nuestra Señora del Golfo como esperando que el campanario en forma de satélite empezara a escupir una horda de clientes. Salvo el guarda destacado para custodiarlos desde una cabina traslúcida y el dueño del restaurante El Ñandu, que probablemente les tenía miedo, nadie les llevaba el apunte. A la izquierda del restaurante había habido un baldío sembrado de cardos y pilares; algunos todavía esperaban verlo convertido en un centro cultural,pero seguía siendo otra cosa: nada más que el potrero donde un grupo de comerciantes portugueses, hijos de colonos expulsados de Africa, había reunido impotencias para levantar un parque de diversiones con un látigo, una vuelta al mundo, un gabinete de espejos, dos barracas de tiro al blanco, una ruleta y un tren fantasma. La casamata de los autómatas la habían barrido para construir una pista de autitos chocadores. Ahí, borracho de luz violeta y música de sintetizador, estaría pasando el rato Ramiro, el secretario de Ezequiel, ese cabeza de chorlito.
Marcelo Cohen
Sin despegarse del banco, las solapas del tabardo levantadas, se incorporó lo suficiente para otear la perspectiva desolada de la plaza. Aunque hiciera años que no lo veía, aunque la ciudad lo tuviera vedado, el mar estaba cerca y a esa hora exhalaba un olor a sebo y a crustáceos: tenzado en el viento, llegaba para impregnar las panzas de los cables telegráficos. ¿Para qué quiero ese olor? ¿A qué viene esta vista? Ezequiel saludó con un movimiento de cabeza al gestor que ocupaba todo el tercer piso de su edificio. Siempre se olvidaba de que era miope. Hizo lo posible por no volver a dormirse. No supo si no se durmió. Sobre el verde angosto de los parches de gramilla, entre oficinistas con sobretodo y pinches de hotel, diez o doce soldados norteamericanos jugaban al fútbol con una lata de cerveza Heinecken. Estaban de licencia, o podía que su misión consistiera en estar de licencia en la ciudad. Había tan poca luz que cuando la lata salía despedida a la explanada de concreto, al borde de la Alcaldía, los pozos de la noche se la tragaban y los jugadores parecían acariciar el aire como bailarinas indisciplinadas. Del otro lado, medio ocultos por el bronce del monumento a Krámer, varios muchachos y una chica enfundados en cuero de los talones al cuello compartían cigarrillos king-size. Y en la vereda opuesta, bajo la marquesina tuerta del hotel, empezaba la hilera de vendedores ambulantes, un cónclave abierto y silencioso que se extendía ante la fachada de Nuestra Señora del Golfo como esperando que el campanario en forma de satélite empezara a escupir una horda de clientes. Salvo el guarda destacado para custodiarlos desde una cabina traslúcida y el dueño del restaurante El Ñandu, que probablemente les tenía miedo, nadie les llevaba el apunte. A la izquierda del restaurante había habido un baldío sembrado de cardos y pilares; algunos todavía esperaban verlo convertido en un centro cultural,pero seguía siendo otra cosa: nada más que el potrero donde un grupo de comerciantes portugueses, hijos de colonos expulsados de Africa, había reunido impotencias para levantar un parque de diversiones con un látigo, una vuelta al mundo, un gabinete de espejos, dos barracas de tiro al blanco, una ruleta y un tren fantasma. La casamata de los autómatas la habían barrido para construir una pista de autitos chocadores. Ahí, borracho de luz violeta y música de sintetizador, estaría pasando el rato Ramiro, el secretario de Ezequiel, ese cabeza de chorlito.
miércoles, 26 de octubre de 2011
Literatura y ciudad (8)
Los calígrafos
Pablo De Santis
Los calígrafos tienen, sobre una mesa redonda, en una sala lateral que está casi siempre a oscuras, un mapa de la ciudad. Fue dibujado muchos años atrás. Ellos deben corregirlo a medida que la ciudad cambia: la continúa extensión de los límites, la caída de un puente, la clausura de las vías del tren. Con pintura blanca borran las cosas que desaparecen para agregar con tinta china las nuevas: cambios de nombres en las calles, monumentos, parques arrasados, torres de cristal.
La correspondencia entre el plano y la ciudad es tan extrema que si alguien, por descuido, deja caer una gota de pintura blanca en un pequeño sector del mapa, los calígrafos se apuran a cruzar la ciudad para ver la zona que acaba de quedar en ruinas.
Pablo De Santis
Los calígrafos tienen, sobre una mesa redonda, en una sala lateral que está casi siempre a oscuras, un mapa de la ciudad. Fue dibujado muchos años atrás. Ellos deben corregirlo a medida que la ciudad cambia: la continúa extensión de los límites, la caída de un puente, la clausura de las vías del tren. Con pintura blanca borran las cosas que desaparecen para agregar con tinta china las nuevas: cambios de nombres en las calles, monumentos, parques arrasados, torres de cristal.
La correspondencia entre el plano y la ciudad es tan extrema que si alguien, por descuido, deja caer una gota de pintura blanca en un pequeño sector del mapa, los calígrafos se apuran a cruzar la ciudad para ver la zona que acaba de quedar en ruinas.
miércoles, 12 de octubre de 2011
Literatura y ciudad (7)
Chronic City
Jonathan Lethem
Ava también parecía la clave de uno de los motivos nuevos de Perkus, una disquisición en desarrollo sobre la naturaleza construida de toda conciencia. Trabaja constantemente para perfeccionar la idea en voz alta, creyendo por lo visto de que vivíamos en una realidad virtual y necesitábamos tomárnoslo mejor. Según su nueva epifanía, también podíamos vivir en un entorno inventado puesto que, de entrada, nuestra conciencia era una especie de construcción virtual. No existía ninguna realidad de fondo por la que preocuparse. "Todos los recuerdos son recambios, Chase. Lo he leído, es el último gran avance neurológico". Yo ignoraba por qué un escéptico hermético debería dar crédito a los informes científicos más recientes, pero me daba igual. Le di el gusto de pedirle que me lo explicara. "Cada recuerdo es sólo una fotocopia de algo previo, no se refiere a ningún original almacenado. Tiramos el original, como una compañia teatral que siempre rompe el texto y basa la interpretación en una transcripción de la noche anterior, con todos sus errores e interpretaciones, y luego destruye también el texto y así repetidamente. No tenemos Edén al que regresar, Chase! Cuando miramos atrás el jardín ya no está. es mejor no mirar e imaginar que notás su peso en la espalda. Solo tenemos el borrador de trabajo, no más definitivo que el anterior, y también será descartado. La memoria es un ensayo de un espectáculo que nunca se estrena!".
Muy bien, pero ¿eso que tenía que ver con la perra? "Ava atrapa el mapa de la realidad con el olfato a diario y no le importa nada más allá de él. Es consciente de que el mundo debe ser reemsamblado cada vez que lo cruza. Piensa en lo que es Manhattan para un perro! Si Ava puede vivir en nuestro ensueño, nosotros deberíamos ser capaces de tolerar vivir en el de otro!". Ahora que Perkus hipaba sin disimulo delante de mí, se permitía con alivio evidente que los intervalos en la respiración airearan el discurso, hiciera audible la elipsis. La música asíncrona de su discurso lleno de baches unía las Purezas Friendrech con sus opuestos, aquellas esclusas de explicación paranoica que se abrían periódicamente. "Ha pasado algo, Chase, en esta ciudad ha tenido lugar una ruptura. Desde entonces el tiempo se ha fragmentado. Puede que esté relacionado con la niebla gris o con cualquier otro desastre. Cualquiera que sea la causa, desde entonces hemos estado viviendo en un lugar que es una réplica que sí mismo, un frágil simulacro, plagado de huecos y problemas técnicos. Un parque temático, en realidad! Pensado para detener la intrusión del tiempo. Por supuesto algo así está siempre destinado a fracasar, el tiempo siempre factura. De modo que estas disyunciones aparecen, y tenemos que explicarlas, considerándolas tigres o escultura épica. Si Noteless no existiera, la ciudad tendría que habérselo inventado, Chase!". Cuanto más desarrollaba Perkus su teoría, más empezaban a aparecer los agujeros de su discurso una especie de recambio necesario de las lagunas temporales en las que él creía que había caído la ciudad, así como de los pozos sin fondo de Laird Noteless y sus estructuras ausentes.
Perkus parecía necesitar que Manhattan fuera una falsedad y estuviera en ruinas ("This town is wearing tatters!") para hacer buenas sus intuiciones. Pero Manhattan no estaba destruida en el sentido que Mick Jagger había apuntado en 1978, de la manera en que Perkus necesitaba que estuviera. Estudios recientes indicaban que la ciudad estaba en paz, rebosante de dinero, hasta puede que algo aburrida. Eso claro, en el caso de que confiaras en el testimonio satisfecho de los millones que consultaban la página de seguimiento del tigre por la mañana antes de ponerse las botas de nieve en abril e ir al trabajo en metro como de costumbre, para luego por la noche llenar los bares y restaurantes o quedarse en casa a ver Los sopranos o a los Yankees y marcar rellamada para que los repartidores de comida china salieran disparados en sus bicicletas. Lo que Perkus decía, demostrado: los millones de personas adormiladas que nunca agujereaban el velo del sueño, ni siquiera lo empujaban un poquito. Yo era uno de ellos, un imbécil de nacimiento, pero al menos ahí estaba, escuchando los hechos espantosos que él me iba exponiendo. ¿Era Perkus un teórico de la conspiración? Escupía como un crítico de rock. La única conspiración era una conspiración de la distracción. Los conspiradores éramos nosotros. Si yo no entendía esta ley de la complicidad debería volver al principio y empezar de cero. Cuando me lo dijo, pensé en el depacho de Susan Eldred, en la primera vez que había visto su ojo antitético.
Jonathan Lethem
Ava también parecía la clave de uno de los motivos nuevos de Perkus, una disquisición en desarrollo sobre la naturaleza construida de toda conciencia. Trabaja constantemente para perfeccionar la idea en voz alta, creyendo por lo visto de que vivíamos en una realidad virtual y necesitábamos tomárnoslo mejor. Según su nueva epifanía, también podíamos vivir en un entorno inventado puesto que, de entrada, nuestra conciencia era una especie de construcción virtual. No existía ninguna realidad de fondo por la que preocuparse. "Todos los recuerdos son recambios, Chase. Lo he leído, es el último gran avance neurológico". Yo ignoraba por qué un escéptico hermético debería dar crédito a los informes científicos más recientes, pero me daba igual. Le di el gusto de pedirle que me lo explicara. "Cada recuerdo es sólo una fotocopia de algo previo, no se refiere a ningún original almacenado. Tiramos el original, como una compañia teatral que siempre rompe el texto y basa la interpretación en una transcripción de la noche anterior, con todos sus errores e interpretaciones, y luego destruye también el texto y así repetidamente. No tenemos Edén al que regresar, Chase! Cuando miramos atrás el jardín ya no está. es mejor no mirar e imaginar que notás su peso en la espalda. Solo tenemos el borrador de trabajo, no más definitivo que el anterior, y también será descartado. La memoria es un ensayo de un espectáculo que nunca se estrena!".
Muy bien, pero ¿eso que tenía que ver con la perra? "Ava atrapa el mapa de la realidad con el olfato a diario y no le importa nada más allá de él. Es consciente de que el mundo debe ser reemsamblado cada vez que lo cruza. Piensa en lo que es Manhattan para un perro! Si Ava puede vivir en nuestro ensueño, nosotros deberíamos ser capaces de tolerar vivir en el de otro!". Ahora que Perkus hipaba sin disimulo delante de mí, se permitía con alivio evidente que los intervalos en la respiración airearan el discurso, hiciera audible la elipsis. La música asíncrona de su discurso lleno de baches unía las Purezas Friendrech con sus opuestos, aquellas esclusas de explicación paranoica que se abrían periódicamente. "Ha pasado algo, Chase, en esta ciudad ha tenido lugar una ruptura. Desde entonces el tiempo se ha fragmentado. Puede que esté relacionado con la niebla gris o con cualquier otro desastre. Cualquiera que sea la causa, desde entonces hemos estado viviendo en un lugar que es una réplica que sí mismo, un frágil simulacro, plagado de huecos y problemas técnicos. Un parque temático, en realidad! Pensado para detener la intrusión del tiempo. Por supuesto algo así está siempre destinado a fracasar, el tiempo siempre factura. De modo que estas disyunciones aparecen, y tenemos que explicarlas, considerándolas tigres o escultura épica. Si Noteless no existiera, la ciudad tendría que habérselo inventado, Chase!". Cuanto más desarrollaba Perkus su teoría, más empezaban a aparecer los agujeros de su discurso una especie de recambio necesario de las lagunas temporales en las que él creía que había caído la ciudad, así como de los pozos sin fondo de Laird Noteless y sus estructuras ausentes.
Perkus parecía necesitar que Manhattan fuera una falsedad y estuviera en ruinas ("This town is wearing tatters!") para hacer buenas sus intuiciones. Pero Manhattan no estaba destruida en el sentido que Mick Jagger había apuntado en 1978, de la manera en que Perkus necesitaba que estuviera. Estudios recientes indicaban que la ciudad estaba en paz, rebosante de dinero, hasta puede que algo aburrida. Eso claro, en el caso de que confiaras en el testimonio satisfecho de los millones que consultaban la página de seguimiento del tigre por la mañana antes de ponerse las botas de nieve en abril e ir al trabajo en metro como de costumbre, para luego por la noche llenar los bares y restaurantes o quedarse en casa a ver Los sopranos o a los Yankees y marcar rellamada para que los repartidores de comida china salieran disparados en sus bicicletas. Lo que Perkus decía, demostrado: los millones de personas adormiladas que nunca agujereaban el velo del sueño, ni siquiera lo empujaban un poquito. Yo era uno de ellos, un imbécil de nacimiento, pero al menos ahí estaba, escuchando los hechos espantosos que él me iba exponiendo. ¿Era Perkus un teórico de la conspiración? Escupía como un crítico de rock. La única conspiración era una conspiración de la distracción. Los conspiradores éramos nosotros. Si yo no entendía esta ley de la complicidad debería volver al principio y empezar de cero. Cuando me lo dijo, pensé en el depacho de Susan Eldred, en la primera vez que había visto su ojo antitético.
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Literatura y ciudad (6)
Bienvenidos a Metro-Centre
J.G. Ballard
Los barrios residenciales de la periferia sueñan la violencia. Dormidos dentro de sus amodorrados chalés, protegidos por benévolos centros comerciales, esperan con paciencia las pesadillas que los despertarán en un mundo más apasionado...
Ilusiones, me dije mientras el aeropuerto de Heathrow se encogía en el espejo retrovisor, y una verdadera estupidez, el arraigado hábito de un publicista , que no saborea el caramelo sino el envoltorio. Pero eran pensamientos difíciles de alejar. Conduje el Jensen al carril lento de la M4 y empecé a leer las señales que daban la bienvenida a la periferia residencial más alejada de Londres. Ashford, Staines, Hillingdon: destinos imposibles que sólo figuraban en los mapas mentales de directores de márketing desespesperados. Más allá de Heathrow se extendían los imperios del consumismo y el misterio que me obsesionó hasta el día que salí de mi agencia por última vez. ¿Cómo despertar un pueblo aletargado que tenía de todo, que había comprado los sueños que el dinero puede comprar y que, sabía, había pagado un precio de ganga?
Se encendió el indicador de giro a la izquierda, una molesta flecha que estaba seguro de no haber activado. Pero cien metros más adelante apareció una vía de salida que, de algún modo, yo ya sabía que estaba esperando. Reduje la velocidad y salí de la aupotista, entrando en un cauce de orillas verdes que se torcía pasando por delante de un letrero que me instaba a visitar un nuevo parque empresarial y centro de congresos. Frené de golpe, con la intención de volver marcha atrás hasta la autopista y entonces me di por vencido. Que siempre decida el camino...
Como muchos londinenses, sentía un vago desasosiego cada vez que salía del centro de la ciudad y me acercaba a las lejanías del estrarradio. Pero de hecho había pasado toda la carrera de publicista cortejando con entusiasmo la periferia. Lejos de la nerviosa y cerebralmente exigente metrópoli, el cinturón de pueblos que dormitaban apoyados en el arcén protector de la M25 eran prácticamente un invento de la industria publicitaria; al menos eso era lo que nos gustaba creer a los ejecutivos de cuentas como yo. Estábamos dispuestos a creer, hasta el último suspiro, que lo que definía a los barrios residenciales eran los productos que les vendíamos, las marcas y los logos que distinguían su vida.
Pero de alguna manera se nos resistían, volviéndose cada vez más elegantes y seguros, el verdadero centro de la nación, guardando con nosotros cierta distancia. Al mirar el plácido océano de techos de ladrillos, los agradables parques y patios de escuela, sentí una punzada de rencor, el mismo dolor que recordaba de aquella vez en la que mi mujer me besó con cariño, me saludó tímidamente con la mano desde la puerta de nuestro apartamento en Chelsea y se marchó para siempre. El afecto podía presentarse en los momentos más crueles.
Pero tenía una razón especial para sentirme inquieto: sólo unas semanas antes esos amables barrios periféricos se habían levantado y gruñido, antes de atacar y matar a mi padre.
J.G. Ballard
Los barrios residenciales de la periferia sueñan la violencia. Dormidos dentro de sus amodorrados chalés, protegidos por benévolos centros comerciales, esperan con paciencia las pesadillas que los despertarán en un mundo más apasionado...
Ilusiones, me dije mientras el aeropuerto de Heathrow se encogía en el espejo retrovisor, y una verdadera estupidez, el arraigado hábito de un publicista , que no saborea el caramelo sino el envoltorio. Pero eran pensamientos difíciles de alejar. Conduje el Jensen al carril lento de la M4 y empecé a leer las señales que daban la bienvenida a la periferia residencial más alejada de Londres. Ashford, Staines, Hillingdon: destinos imposibles que sólo figuraban en los mapas mentales de directores de márketing desespesperados. Más allá de Heathrow se extendían los imperios del consumismo y el misterio que me obsesionó hasta el día que salí de mi agencia por última vez. ¿Cómo despertar un pueblo aletargado que tenía de todo, que había comprado los sueños que el dinero puede comprar y que, sabía, había pagado un precio de ganga?
Se encendió el indicador de giro a la izquierda, una molesta flecha que estaba seguro de no haber activado. Pero cien metros más adelante apareció una vía de salida que, de algún modo, yo ya sabía que estaba esperando. Reduje la velocidad y salí de la aupotista, entrando en un cauce de orillas verdes que se torcía pasando por delante de un letrero que me instaba a visitar un nuevo parque empresarial y centro de congresos. Frené de golpe, con la intención de volver marcha atrás hasta la autopista y entonces me di por vencido. Que siempre decida el camino...
Como muchos londinenses, sentía un vago desasosiego cada vez que salía del centro de la ciudad y me acercaba a las lejanías del estrarradio. Pero de hecho había pasado toda la carrera de publicista cortejando con entusiasmo la periferia. Lejos de la nerviosa y cerebralmente exigente metrópoli, el cinturón de pueblos que dormitaban apoyados en el arcén protector de la M25 eran prácticamente un invento de la industria publicitaria; al menos eso era lo que nos gustaba creer a los ejecutivos de cuentas como yo. Estábamos dispuestos a creer, hasta el último suspiro, que lo que definía a los barrios residenciales eran los productos que les vendíamos, las marcas y los logos que distinguían su vida.
Pero de alguna manera se nos resistían, volviéndose cada vez más elegantes y seguros, el verdadero centro de la nación, guardando con nosotros cierta distancia. Al mirar el plácido océano de techos de ladrillos, los agradables parques y patios de escuela, sentí una punzada de rencor, el mismo dolor que recordaba de aquella vez en la que mi mujer me besó con cariño, me saludó tímidamente con la mano desde la puerta de nuestro apartamento en Chelsea y se marchó para siempre. El afecto podía presentarse en los momentos más crueles.
Pero tenía una razón especial para sentirme inquieto: sólo unas semanas antes esos amables barrios periféricos se habían levantado y gruñido, antes de atacar y matar a mi padre.
sábado, 10 de septiembre de 2011
Literatura y ciudad (5)
La muerte y la brújula
Jorge Luis Borges
El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg) y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar aún la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval) Trevinarus indagó que le habían hablado desde Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon- esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias.
(...) Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas borrosas, infamado de curtiembre y de basuras. Del otro lado hay un suburbio fabril donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran los pistoleros.
Jorge Luis Borges
El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg) y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar aún la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval) Trevinarus indagó que le habían hablado desde Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon- esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias.
(...) Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas borrosas, infamado de curtiembre y de basuras. Del otro lado hay un suburbio fabril donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran los pistoleros.
jueves, 1 de septiembre de 2011
Literatura y ciudad (4)
La ciudad ausente
Ricado Piglia
Estaban en la cortada Carabelas, atrás del enorme edificio de hormigón del Mercado del Plata. Durante la guerra lo habían usado de cuartel y las fotos de Perón se descascaraban en las paredes. Un mundo de refugiados y de vagabundos proliferaba por las galerías. Los gendarmes no se arriesgaban hasta ahí, pero el lugar estada infestado de agentes del gobierno. Tenía la sensación de estar extraviada, de haber perdido el sentido de la realidad.
-Usted ha perdido el sentido de la realidad- le dijo Arana, como si le leyera el pensamiento. Quizás estaba pensando en voz alta.
-Este es un sitio libre de recuerdos-dijo ella-. Todos fingen y son otros. Los espías están adiestrados para negar su identidad y usar una memoria ajena.
Pensó en Grete, que se había convertido en una inglesa refugiada que vendía fotos en un local del segundo subsuelo. Había sido infiltrada y sepultó su pasado y adoptó una historia ficticia. Nunca más pudo volver a recordar quién había sido. A veces amaba en sueños a un hombre que no conocía. Su identidad verdadera se había convertido en un material inconsciente, episodios en la vida de una mujer olvidada. Era la mejor fotógrafa del Museo; miraba erl mundo con ojos que no eran de ella y está lejanía salía en las fotos. Tenían que encontrarla, ella podía llevarlos a Reyes. El Tano quiso saber quién era Reyes.
-Es un ex profesor de literatura inglesa que trafica con metadona-le explicó Elena-. Dirige los sanatorios clandestinos y los refugios de desintoxicación.
Grete creía haber sido su mujer en otros tiempos, una chica inglesa de Lomas de Zamora que se había enamorado del joven profesor que dictaba un curso sobre E. M. Forster y Virginia Woolf. Esta historia justificaba su coartada, era una mujer desilusionada que amaba en secreto a un hombre del que quería vengarse. Tenían que encontrarla. El subsuelo del Mercado del Plata se comunicaba con las calles que cruzaban por abajo de la 9 de Julio y con los pasillos del subte de la estación Carlos Pellegrini, donde confluían todas las líneas de la ciudad. Ese era un punto de fuga, ahí se nucleaban los refugiados y los rebeldes, los hippies, los gauchos, los espías, todos los ex, los contrabandistas, los anarcos. Para llegar al edificio tenían que atravesar una playa de estacionamiento abandonada, una tierra de nadie entre los refugios y la ciudad.
Ricado Piglia
Estaban en la cortada Carabelas, atrás del enorme edificio de hormigón del Mercado del Plata. Durante la guerra lo habían usado de cuartel y las fotos de Perón se descascaraban en las paredes. Un mundo de refugiados y de vagabundos proliferaba por las galerías. Los gendarmes no se arriesgaban hasta ahí, pero el lugar estada infestado de agentes del gobierno. Tenía la sensación de estar extraviada, de haber perdido el sentido de la realidad.
-Usted ha perdido el sentido de la realidad- le dijo Arana, como si le leyera el pensamiento. Quizás estaba pensando en voz alta.
-Este es un sitio libre de recuerdos-dijo ella-. Todos fingen y son otros. Los espías están adiestrados para negar su identidad y usar una memoria ajena.
Pensó en Grete, que se había convertido en una inglesa refugiada que vendía fotos en un local del segundo subsuelo. Había sido infiltrada y sepultó su pasado y adoptó una historia ficticia. Nunca más pudo volver a recordar quién había sido. A veces amaba en sueños a un hombre que no conocía. Su identidad verdadera se había convertido en un material inconsciente, episodios en la vida de una mujer olvidada. Era la mejor fotógrafa del Museo; miraba erl mundo con ojos que no eran de ella y está lejanía salía en las fotos. Tenían que encontrarla, ella podía llevarlos a Reyes. El Tano quiso saber quién era Reyes.
-Es un ex profesor de literatura inglesa que trafica con metadona-le explicó Elena-. Dirige los sanatorios clandestinos y los refugios de desintoxicación.
Grete creía haber sido su mujer en otros tiempos, una chica inglesa de Lomas de Zamora que se había enamorado del joven profesor que dictaba un curso sobre E. M. Forster y Virginia Woolf. Esta historia justificaba su coartada, era una mujer desilusionada que amaba en secreto a un hombre del que quería vengarse. Tenían que encontrarla. El subsuelo del Mercado del Plata se comunicaba con las calles que cruzaban por abajo de la 9 de Julio y con los pasillos del subte de la estación Carlos Pellegrini, donde confluían todas las líneas de la ciudad. Ese era un punto de fuga, ahí se nucleaban los refugiados y los rebeldes, los hippies, los gauchos, los espías, todos los ex, los contrabandistas, los anarcos. Para llegar al edificio tenían que atravesar una playa de estacionamiento abandonada, una tierra de nadie entre los refugios y la ciudad.
jueves, 25 de agosto de 2011
Literatura y ciudad (3)
Las Islas.
Carlos Gamerro.
(...) Como una ciudad de cuento oriental , una nueva Buenos Aires, torneada y minuciosa como esas esculturas chinas en un colmillo de elefante, se erigía en un halo de luz en la otra punta de la enorme habitación. En la maqueta, las construcciones de la nueva ciudad irradiaban desde las torres de Tamerlán hacia los cuatro puntos cardinales una capa de jardines pulcros como canchas de golf, de las cuales emergían aquí y allá, como corteses obstáculos del juego, los diversos grupos de edificios: hacia los restos de la vieja city la nueva zona financiera y empresaria, de construcciones diáfanas y etéreas cobijando cascadas, estanquecitos y arboledas tropicales bajo las cúpulas de vidrio, continuándose hacia el norte en centros de convenciones, exclusivas barracas artificiales sobre el río para las embajadas y finalmente barrios privados de calles sinuosas con barreras y casetas de vigilancia (hasta podían distinguirse adentro, para la tranquilidad subliminal de potenciales compradores, los fieros doberman y los guardias con escopeta). El sur contenía lo que podría llamarse el área pública: cuatro shoppings de jardines colgantes concectados entre sí por rampas áereas, desafiando a las familias a agotarlos en un solo fin de semana; cines, museos, anfiteatros y paseos públicos, un mundo marino y un parque de diversiones para reemplazar al recientemente desaparecido Italpark. La marina, por último, ocupando el espacio entre la cadena de diques y la costa, incluía una cancha de polo y una de golf, muelles erizados de veleros blancos a los que se accedía directamente desde las oficinas , lagos artificiales y playas de arenas blancas. No había que mirar demasiado para darse cuenta adónde iría a parar la reserva ecológica, sus pantanos llenos de víboras y sapos convertidos en jardines principescos por el beso del señor de la comarca. Cuyo reflejó me encontré, hierático como un emperador bizantino, en el mosaico de espejos de las dos torres, que refulgían clavadas en el centro de la maqueta como los estandartes de un conquistador recién arribado a estas costas a fundar otra vez la ciudad.
- Usted no tiene idea de lo que está sucediendo-aseguró, alzando los brazos para parecer más alto-. Las topadoras lo están preparando. La tercera fundación de Buenos Aires. La Ciudad del Tercer Milenio(...)
Carlos Gamerro.
(...) Como una ciudad de cuento oriental , una nueva Buenos Aires, torneada y minuciosa como esas esculturas chinas en un colmillo de elefante, se erigía en un halo de luz en la otra punta de la enorme habitación. En la maqueta, las construcciones de la nueva ciudad irradiaban desde las torres de Tamerlán hacia los cuatro puntos cardinales una capa de jardines pulcros como canchas de golf, de las cuales emergían aquí y allá, como corteses obstáculos del juego, los diversos grupos de edificios: hacia los restos de la vieja city la nueva zona financiera y empresaria, de construcciones diáfanas y etéreas cobijando cascadas, estanquecitos y arboledas tropicales bajo las cúpulas de vidrio, continuándose hacia el norte en centros de convenciones, exclusivas barracas artificiales sobre el río para las embajadas y finalmente barrios privados de calles sinuosas con barreras y casetas de vigilancia (hasta podían distinguirse adentro, para la tranquilidad subliminal de potenciales compradores, los fieros doberman y los guardias con escopeta). El sur contenía lo que podría llamarse el área pública: cuatro shoppings de jardines colgantes concectados entre sí por rampas áereas, desafiando a las familias a agotarlos en un solo fin de semana; cines, museos, anfiteatros y paseos públicos, un mundo marino y un parque de diversiones para reemplazar al recientemente desaparecido Italpark. La marina, por último, ocupando el espacio entre la cadena de diques y la costa, incluía una cancha de polo y una de golf, muelles erizados de veleros blancos a los que se accedía directamente desde las oficinas , lagos artificiales y playas de arenas blancas. No había que mirar demasiado para darse cuenta adónde iría a parar la reserva ecológica, sus pantanos llenos de víboras y sapos convertidos en jardines principescos por el beso del señor de la comarca. Cuyo reflejó me encontré, hierático como un emperador bizantino, en el mosaico de espejos de las dos torres, que refulgían clavadas en el centro de la maqueta como los estandartes de un conquistador recién arribado a estas costas a fundar otra vez la ciudad.
- Usted no tiene idea de lo que está sucediendo-aseguró, alzando los brazos para parecer más alto-. Las topadoras lo están preparando. La tercera fundación de Buenos Aires. La Ciudad del Tercer Milenio(...)
martes, 16 de agosto de 2011
Literatura y ciudad (2)
Los donguis.
Juan Rodolfo Wilcock
2.
Balsocci .-¿Usted no advirtió nada raro últimamente en Buenos Aires?
Yo.-No, nada.
Balsa.- Vamos al grano (como si dicidiera rápidamente chupar un grano en un cráneo frondoso). ¿No oyó nunca hablar de los donguis?
Yo.- No. ¿Qué son?
Balsa.- Usted habrá visto en el subterráneo de Constitución a Boedo que el tren no llega hasta la estación de Boedo porque no está terminada, se para en una estación provisoria con piso de tablas. El túnel sigue y donde interrumpieron la excavación el hueco está cerrado con tablas.
Balsocci.- Por eso hueco aparecieron los donguis.
Yo.- ¿Qué son?
Balsa.- Ahora le explico...
Balsocci.- Dicen que es el animal destinado a reemplazar al hombre en la tierra.
Balsa.- Espere que le explico. Hay unos folletos de circulación restringida y prohibida que le condensan la opinión de los sabios extrnajeros y de los sabios argentinos. Yo los leí. Dicen que en distintas épocas predominaron distintos animales en el mundo, por H o por B. Ahora predomina el hombre porque tenemos muy desarrollado el sistema nervioso que le permite imponerse a los demás. Pero este nuevo animal que se llama dongui...
Balsocci.- Lo llaman dongui porque el que lo estudió primero fue un biólogo francés Donneguy ( lo escribe en un papel y me lo muestra) y en Inglaterra le pusieron Donneguy Pig pero todos dicen dongui.
Yo.- ¿Es un chanco?
Balsa.- Parece un lechón medio transparente.
Yo.- ¿y qué hace el dongui?
Balsa.- Tiene tan adelando el sistema digestivo que estos bichos pueden digerir cualquier cosa, hasta la tierra, el fierro, el cemento, aguas vivas, qué sé yo, tragan lo que ven. Que porquería de animal!
Balsocci.- Son ciegos, sordos, viven en la oscuridad, una especie de gusano como un lechón transparente.
Yo.-¿Se reproducen?
Balsa.- Como la peste. Por brotes, imagímese.
Yo.- ¿Y son de Boedo?
Balsocci.- Cállese, allí empezaron, pero después empezaron también en otras estaciones, sobre todo si hay túneles de vía muerta o depósitos subterráneos, Constitución está plagado, en Palermo, en el túnel empezado de la prolongación a Belgrano hay montones. Pero después empezaron en las otras líneas, habrán hecho un túnel, la de Chacarita, la de Primera Junta. Hay que ver lo que es el túnel del Once.
Balsa.- Y el extanjero! Donde había un túnel se llenaron de Donguis. En Londres, hasta se reían parece porque tienen tantos kilómetros de túnel; en París, en Nueva York, en Madrid. Como si repartieran semillas.
Balsocci.- No permitían que los barcos que llegaban de un puerto infectado atracara en esos puertos, temían que trajera donguis en la bodega. Pero no por eso se salvaron, están mejor que nosotros.
Balsa.- En nuestro país tratan de no asustar a la población, por eso no le dicen nunca nada, es un secreto que le confían solamente a los profesionales, y también a algunos no profesionales.
Balsocci.- Hay que matarlos pero quién los mata. Si les dan veneno se los comen o no se lo comen, como usted prefiera, pero no les hace nada, lo comen perfectamente como cualquier otro mineral. Si les echa gases los degenerados tapan los túneles y salen por otra parte. Cavan túneles en todos los lados, no puede atacárselos directamente. No se puede inundarlos o echar abajo las galerias porque se puede hundir el subsuelo de la ciudad. Ni qué decir que andan por los sótanos y las cloacas como Juan por su casa...
Balsa.- Habrá visto estos derrumbes de estos meses. Los depósitos de Lanús son ellos por ejemplo. Quieren dominar al hombre.
Balsocci.- Oh!, al hombre no lo dominan así nomás, no lo domina nadie, pero si se lo comen...
YO.- ¿Se lo comen?
Balsocci.- Y cómo! Cinco donguis se comen a una persona en un minuto, todo, los huesos, la ropa, los zapatos, los dientes, hasta la libreta de enrolamiento, si me perdona la exgeración.
Balsa.- Les gusta. Es la comida que más les gusta, mire que desgracia(...)
Fragmento
Juan Rodolfo Wilcock
2.
Balsocci .-¿Usted no advirtió nada raro últimamente en Buenos Aires?
Yo.-No, nada.
Balsa.- Vamos al grano (como si dicidiera rápidamente chupar un grano en un cráneo frondoso). ¿No oyó nunca hablar de los donguis?
Yo.- No. ¿Qué son?
Balsa.- Usted habrá visto en el subterráneo de Constitución a Boedo que el tren no llega hasta la estación de Boedo porque no está terminada, se para en una estación provisoria con piso de tablas. El túnel sigue y donde interrumpieron la excavación el hueco está cerrado con tablas.
Balsocci.- Por eso hueco aparecieron los donguis.
Yo.- ¿Qué son?
Balsa.- Ahora le explico...
Balsocci.- Dicen que es el animal destinado a reemplazar al hombre en la tierra.
Balsa.- Espere que le explico. Hay unos folletos de circulación restringida y prohibida que le condensan la opinión de los sabios extrnajeros y de los sabios argentinos. Yo los leí. Dicen que en distintas épocas predominaron distintos animales en el mundo, por H o por B. Ahora predomina el hombre porque tenemos muy desarrollado el sistema nervioso que le permite imponerse a los demás. Pero este nuevo animal que se llama dongui...
Balsocci.- Lo llaman dongui porque el que lo estudió primero fue un biólogo francés Donneguy ( lo escribe en un papel y me lo muestra) y en Inglaterra le pusieron Donneguy Pig pero todos dicen dongui.
Yo.- ¿Es un chanco?
Balsa.- Parece un lechón medio transparente.
Yo.- ¿y qué hace el dongui?
Balsa.- Tiene tan adelando el sistema digestivo que estos bichos pueden digerir cualquier cosa, hasta la tierra, el fierro, el cemento, aguas vivas, qué sé yo, tragan lo que ven. Que porquería de animal!
Balsocci.- Son ciegos, sordos, viven en la oscuridad, una especie de gusano como un lechón transparente.
Yo.-¿Se reproducen?
Balsa.- Como la peste. Por brotes, imagímese.
Yo.- ¿Y son de Boedo?
Balsocci.- Cállese, allí empezaron, pero después empezaron también en otras estaciones, sobre todo si hay túneles de vía muerta o depósitos subterráneos, Constitución está plagado, en Palermo, en el túnel empezado de la prolongación a Belgrano hay montones. Pero después empezaron en las otras líneas, habrán hecho un túnel, la de Chacarita, la de Primera Junta. Hay que ver lo que es el túnel del Once.
Balsa.- Y el extanjero! Donde había un túnel se llenaron de Donguis. En Londres, hasta se reían parece porque tienen tantos kilómetros de túnel; en París, en Nueva York, en Madrid. Como si repartieran semillas.
Balsocci.- No permitían que los barcos que llegaban de un puerto infectado atracara en esos puertos, temían que trajera donguis en la bodega. Pero no por eso se salvaron, están mejor que nosotros.
Balsa.- En nuestro país tratan de no asustar a la población, por eso no le dicen nunca nada, es un secreto que le confían solamente a los profesionales, y también a algunos no profesionales.
Balsocci.- Hay que matarlos pero quién los mata. Si les dan veneno se los comen o no se lo comen, como usted prefiera, pero no les hace nada, lo comen perfectamente como cualquier otro mineral. Si les echa gases los degenerados tapan los túneles y salen por otra parte. Cavan túneles en todos los lados, no puede atacárselos directamente. No se puede inundarlos o echar abajo las galerias porque se puede hundir el subsuelo de la ciudad. Ni qué decir que andan por los sótanos y las cloacas como Juan por su casa...
Balsa.- Habrá visto estos derrumbes de estos meses. Los depósitos de Lanús son ellos por ejemplo. Quieren dominar al hombre.
Balsocci.- Oh!, al hombre no lo dominan así nomás, no lo domina nadie, pero si se lo comen...
YO.- ¿Se lo comen?
Balsocci.- Y cómo! Cinco donguis se comen a una persona en un minuto, todo, los huesos, la ropa, los zapatos, los dientes, hasta la libreta de enrolamiento, si me perdona la exgeración.
Balsa.- Les gusta. Es la comida que más les gusta, mire que desgracia(...)
Fragmento
Suscribirse a:
Entradas (Atom)