domingo, 29 de abril de 2012
lunes, 23 de abril de 2012
Day is Done revisitado
Day is Done forma parte de Five leaves left (1969), primer LP de Nick Drake. En 2005, Brad Mehldau (piano), Larry Grenadier (Bajo) y Jeff Ballard (batería) graban el LP Day is Done, donde reversionan en clave jazz temas de Radiohead, The Beatles, Bacharach,entre otros... y la canción que da título al disco.
martes, 17 de abril de 2012
El mal elemental.
En La mecánica del genocidio, relatadas por los victimarios (Clarín, 3-4-12), Tzvetan Todorov sostiene que para comprender las grandes matanzas del siglo XX no basta con escuchar a las víctimas, también hay que oír a los victimarios.
En 1949, Borges publicó Deutsches Réquiem, su gran relato sobre el nazismo. Otto Dietrich Linde Linde, su única voz narradora –camino anticipatorio y audaz-, subdirector del campo de concentración de Tarnoitz, declarado culpable por “torturador y asesino”, la noche que precede a su ejecución decide hablar, “no para ser perdonado” sino para ser “comprendido”. Y en un momento de su soliloquio define el nazismo como “un hecho moral” que está llamado a fundar el nuevo hombre.
En Algunas reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo (1934), Emmanuel Levinas expone la idea que la filosofía del nazismo implicó una ruptura radical con las ontologías judeocristiana y liberal. Dichas concepciones-dice Levinas- disociaron el ser en cuerpo y espíritu: la razón de la filosofía moderna y el alma cristiana desataron los lazos de la existencia concreta, lo que permitió el sentimiento de la libertad absoluta del hombre respecto del mundo, del orden fáctico. El cuerpo es el obstáculo que aprisiona el impulso libre del espíritu, y lo trae de nuevo a las condiciones terrenales. En este sentido, siempre habrá un sentimiento de extrañeza con el cuerpo. Pero este sentimiento de extrañeza, paradójicamente, es la condición de la libertad.
La filosofía "hitleriana", en cambio, significó un cambio radical en la concepción del ser. El cuerpo ya no es sólo un accidente que pone al hombre en relación con el mundo implacable de la materia: su adherencia al yo vale por sí misma. Este sentimiento de identidad entre el yo y el cuerpo-dice Levinas- no permite la dualidad del espíritu libre que se debate contra el cuerpo al que se habría engarzado. Al contrario, la esencia del espíritu consiste en ese encadenamiento al cuerpo. Se despliega, de esta manera, una idea meramente biológica del hombre. La voz de la sangre, los llamados de la herencia y del pasado regresan triunfales. No es casual, en este sentido, que el relato de Borges comience con Linde dando cuenta de su genealogía.
Si el nazismo encarna e impulsa esta idea “instrumental” del ser, Linde, de algún modo, necesita, para ser merecedor de ella, despojarse de ciertas “timideces cristianas”. “Ignoro si Jerusalem- escritor judío que admite haber asesinado- comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable”. Lo que muere en Linde, por supuesto, es el hombre “viciado”, y alumbra el “nuevo hombre”, objetivo, por lo demás, de los regímenes asesinos de masas.
Si Levinas registró este cambio ontológico a poco de iniciado el régimen nazi, Borges lo tematizó algunos años después. Sin embargo, hay algo más en su relato. Y es la percepción del fracaso del humanismo como potencia domesticadora del hombre. Dice Peter Sloterdijk en Normas para el parque humano. “Los libros, dijo una vez el poeta Jean Paul, son voluminosas cartas a los amigos. Con esta frase llamó él por su nombre de modo refinado y elegante a lo que es la esencia y función del humanismo: una telecomunicación fundadora de amistad por medio de la escritura. Lo que se llama humanitas desde los días de Cicerón, pertenece en sentido tanto estricto como amplio a las consecuencias de la alfabetización”. Apasionado de Brahms y lector de Schopenhauer y Shakespeare, Linde advierte en su discurso: “Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de estos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable”.
La crisis de la humanitas es uno de los temas de La montaña mágica (1924), de Thomas Mann. Al final de ese texto central, cuando Hans Castorp – uno de sus protagonistas-después de haber pasado un tiempo prolongado en un sanatorio para tuberculosos en los Alpes, y testigo privilegiado de trascendentes debates filosóficos entre Settembrini y Naphta, decide regresar a su país para participar en la primera guerra mundial se lee: “Será posible que de esta bacanal de la muerte, que también de esta abominable fiebre sin medida que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, surja alguna vez el amor?
Deutsches Réquiem, acaso, sea la respuesta.
Gerardo Zappa
En 1949, Borges publicó Deutsches Réquiem, su gran relato sobre el nazismo. Otto Dietrich Linde Linde, su única voz narradora –camino anticipatorio y audaz-, subdirector del campo de concentración de Tarnoitz, declarado culpable por “torturador y asesino”, la noche que precede a su ejecución decide hablar, “no para ser perdonado” sino para ser “comprendido”. Y en un momento de su soliloquio define el nazismo como “un hecho moral” que está llamado a fundar el nuevo hombre.
En Algunas reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo (1934), Emmanuel Levinas expone la idea que la filosofía del nazismo implicó una ruptura radical con las ontologías judeocristiana y liberal. Dichas concepciones-dice Levinas- disociaron el ser en cuerpo y espíritu: la razón de la filosofía moderna y el alma cristiana desataron los lazos de la existencia concreta, lo que permitió el sentimiento de la libertad absoluta del hombre respecto del mundo, del orden fáctico. El cuerpo es el obstáculo que aprisiona el impulso libre del espíritu, y lo trae de nuevo a las condiciones terrenales. En este sentido, siempre habrá un sentimiento de extrañeza con el cuerpo. Pero este sentimiento de extrañeza, paradójicamente, es la condición de la libertad.
La filosofía "hitleriana", en cambio, significó un cambio radical en la concepción del ser. El cuerpo ya no es sólo un accidente que pone al hombre en relación con el mundo implacable de la materia: su adherencia al yo vale por sí misma. Este sentimiento de identidad entre el yo y el cuerpo-dice Levinas- no permite la dualidad del espíritu libre que se debate contra el cuerpo al que se habría engarzado. Al contrario, la esencia del espíritu consiste en ese encadenamiento al cuerpo. Se despliega, de esta manera, una idea meramente biológica del hombre. La voz de la sangre, los llamados de la herencia y del pasado regresan triunfales. No es casual, en este sentido, que el relato de Borges comience con Linde dando cuenta de su genealogía.
Si el nazismo encarna e impulsa esta idea “instrumental” del ser, Linde, de algún modo, necesita, para ser merecedor de ella, despojarse de ciertas “timideces cristianas”. “Ignoro si Jerusalem- escritor judío que admite haber asesinado- comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable”. Lo que muere en Linde, por supuesto, es el hombre “viciado”, y alumbra el “nuevo hombre”, objetivo, por lo demás, de los regímenes asesinos de masas.
Si Levinas registró este cambio ontológico a poco de iniciado el régimen nazi, Borges lo tematizó algunos años después. Sin embargo, hay algo más en su relato. Y es la percepción del fracaso del humanismo como potencia domesticadora del hombre. Dice Peter Sloterdijk en Normas para el parque humano. “Los libros, dijo una vez el poeta Jean Paul, son voluminosas cartas a los amigos. Con esta frase llamó él por su nombre de modo refinado y elegante a lo que es la esencia y función del humanismo: una telecomunicación fundadora de amistad por medio de la escritura. Lo que se llama humanitas desde los días de Cicerón, pertenece en sentido tanto estricto como amplio a las consecuencias de la alfabetización”. Apasionado de Brahms y lector de Schopenhauer y Shakespeare, Linde advierte en su discurso: “Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de estos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable”.
La crisis de la humanitas es uno de los temas de La montaña mágica (1924), de Thomas Mann. Al final de ese texto central, cuando Hans Castorp – uno de sus protagonistas-después de haber pasado un tiempo prolongado en un sanatorio para tuberculosos en los Alpes, y testigo privilegiado de trascendentes debates filosóficos entre Settembrini y Naphta, decide regresar a su país para participar en la primera guerra mundial se lee: “Será posible que de esta bacanal de la muerte, que también de esta abominable fiebre sin medida que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, surja alguna vez el amor?
Deutsches Réquiem, acaso, sea la respuesta.
Gerardo Zappa
viernes, 13 de abril de 2012
viernes, 30 de marzo de 2012
Masa
Elías Canetti
Pues nada sabían de aquella fuerza motriz de la historia, mucho más profunda y auténtica: el impulso humano a fundirse en una especie animal superior, la masa, y a perderse tan irremisiblimente en ella como si nunca hubiera existido un hombre aislado. Porque además eran educados, y la educación es un arma defensiva del individuo contra la masa que lleva adentro.
No menos que la lucha por el hambre o por el amor, practicamos la llamada lucha por la vida con el fin de aniquilar nuestra masa interior. Pero ésta se robustece tanto bajo ciertas circunstancias que obliga al individuo a actuar en forma desinteresada y hasta en contra de sus propios intereses. La "humanidad" existía como masa mucho antes de haber sido formulada y diluida en conceptos. Como un animal monstruoso, salvaje, ardiente y exuberante, la masa hierve y se agita en lo más hondo de nuestro ser, a mayor profundidad que nuestras mismas Madres. Es, pese a su edad, el más joven de nuestros animales, la criatura esencial de la Tierra, su meta y su futuro. Pero nada sabemos de ella y vivimos, supuestamente, como individuos. No obstante, la masa se abate a veces sobre nosotros como una espumante resaca, como un océano furioso en el que cada gota permanece viva y aspira a lo mismo. Al poco rato se dispersa, devolviéndonos a nuestro estado habitual de pobres diablos solitarios. Y entonces, nos resulta inconcebible recordar alguna vez que llegamos a ser tantos, tan grandes y tan "Uno". "Enfermedad", dirá un comentarista inteligente; "la bestia en el hombre", atenuará un humilde cordero, sin sospechar cuán próximo a la verdad se halla su error. Entretanto, la masa prepara un nuevo ataque desde adentro. Hasta que un día ya no vuelva a dispersarse, quizá en un sólo país al comienzo, y de allí empiece a propagarse a todos lados hasta que nadie ponga en duda su existencia, porque ya no habrá más Yo, ni Tu, ni EL, sino sólo ella: la masa.
en Auto de Fe
Pues nada sabían de aquella fuerza motriz de la historia, mucho más profunda y auténtica: el impulso humano a fundirse en una especie animal superior, la masa, y a perderse tan irremisiblimente en ella como si nunca hubiera existido un hombre aislado. Porque además eran educados, y la educación es un arma defensiva del individuo contra la masa que lleva adentro.
No menos que la lucha por el hambre o por el amor, practicamos la llamada lucha por la vida con el fin de aniquilar nuestra masa interior. Pero ésta se robustece tanto bajo ciertas circunstancias que obliga al individuo a actuar en forma desinteresada y hasta en contra de sus propios intereses. La "humanidad" existía como masa mucho antes de haber sido formulada y diluida en conceptos. Como un animal monstruoso, salvaje, ardiente y exuberante, la masa hierve y se agita en lo más hondo de nuestro ser, a mayor profundidad que nuestras mismas Madres. Es, pese a su edad, el más joven de nuestros animales, la criatura esencial de la Tierra, su meta y su futuro. Pero nada sabemos de ella y vivimos, supuestamente, como individuos. No obstante, la masa se abate a veces sobre nosotros como una espumante resaca, como un océano furioso en el que cada gota permanece viva y aspira a lo mismo. Al poco rato se dispersa, devolviéndonos a nuestro estado habitual de pobres diablos solitarios. Y entonces, nos resulta inconcebible recordar alguna vez que llegamos a ser tantos, tan grandes y tan "Uno". "Enfermedad", dirá un comentarista inteligente; "la bestia en el hombre", atenuará un humilde cordero, sin sospechar cuán próximo a la verdad se halla su error. Entretanto, la masa prepara un nuevo ataque desde adentro. Hasta que un día ya no vuelva a dispersarse, quizá en un sólo país al comienzo, y de allí empiece a propagarse a todos lados hasta que nadie ponga en duda su existencia, porque ya no habrá más Yo, ni Tu, ni EL, sino sólo ella: la masa.
en Auto de Fe
lunes, 26 de marzo de 2012
lunes, 19 de marzo de 2012
El sistema Bolaño I (Amuleto)
Siempre que frecuento la obra de Bolaño siento una sensación de continuidad, de estar metido en un universo con señales y coordenadas que se repiten. Un libro de Bolaño es otro eslabón en una cadena interrumpida por la muerte de su autor, aunque en más de un sentido, 2666 pueda ser entendido como un acelerado acto de clausura. Eso pensaba leyendo Amuleto y eso pensé leyendo una reseña a un libro del también fallecido Mario Lebrero firmada por Mauro Libertella. Esclarecedor el concepto e Inmejorable su exposición. Dice Libertella: Los grandes escritores construyen sistemas, y a partir de cierto punto cualquiera de sus textos pueden entrar en sintonía, y discutir, y chocar, y completar el mapa de su obra. Una vez que un escritor erigió un sistema, a partir de entonces todo lo que escriba entrara en él. En el siglo XXI, y en Latinoamérica, Roberto Bolaño jugó ese juego (…). Así pues, en el sistema Bolaño, Amuleto órbita alrededor del centro que ahora establecen 2666 y Los detectives salvajes.
Amuleto es la versión extendida de un relato interno de Los detectives salvajes, el monologo confesional de Auxilio Lacouture, una de las tantas y distintas voces narrativas que cimentan la estructura coral de esa novela. Cuenta Auxilio Lacouture, con tono reminiscente y temporalmente deshilvanado, maternal y de a ratos alucinado, su experiencia encerrada en el baño de la UNAM en el aciago año de 1968, año en que el ejército mexicano violó la autonomía universitaria y llevó a cabo en la Plaza de las Tres Culturas, la masacre de Tlatelolco, donde se estima, murieron más de trescientos jóvenes.
Y esto se lee en el capítulo cuatro de la segunda parte de Los detectives salvajes. “Yo por el día vivía en la facultad, como una hormiguita o más propiamente como una cigarra, de una lado para otro, de un cubículo a otro cubículo, al tanto de todos los chismes, de todas las infidelidades y divorcios, de todos los planes y proyectos, y por las noches me expandía, me convertía en un murciélago, dejaba la facultad y vagaba por el DF” De esa expansión, de ese vagar nocturno por la ciudad y por el centro de la nueva poesía mexicana junto a sus jóvenes hermosos e idealistas que creen que la lucha revolucionaria y la poesía agrietaran el centro mismo de un sistema injusto y desigual nos habla este relato que por momentos desencadena en un enorme poder onírico y visionario. Amuleto representa, si se quiere, el eslabón más político del sistema Bolaño. Y lo de antes, aquí otra vez los temas centrales de una obra descomunal. ¿Cuales son esos temas? Los crímenes colectivos y los asesinatos en serie, la figura del escritor siempre en fuga y desterrado y metáfora (in)consciente del desarraigo continental, las vanguardias estéticas latinoamericanas, la poesía como fondo abismal -cuya representación bien puede ser el fondo del florero del poeta español Pedro Garfias, como la boca oscura y desdentada de la propia Auxilio Lacouture- al que irremediablemente el poeta debe asomarse y la relación controversial entre las distintas formas de la representación literaria y la violencia política. Y como siempre pasa en los libros de Bolaño, todo está escrito con una prosa tan bella y vital que dé a ratos hace que olvidemos la novela y acerquemos el oído al texto y nos quedemos muy quietos, escuchando en un silencio asombrado, el delicioso sonido de su respiración.
Diego Zappa
jueves, 15 de marzo de 2012
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