martes, 15 de mayo de 2012
viernes, 11 de mayo de 2012
¿Libros vs. libros?
por Alejandro Katz para Letras Libres
Desde septiembre del año pasado diversas restricciones administrativas comenzaron a dificultar el ingreso a la Argentina de libros impresos o editados en el extranjero. Sin que mediara, al principio, una normativa precisa que justificara las medidas del gobierno –lo cual incrementaba por una parte la incertidumbre y, por otra, ampliaba los márgenes para las decisiones arbitrarias–, las dificultades para la importación de libros se mantuvieron desde entonces. En los meses transcurridos, se hicieron evidentes dos de las razones que explican la conducta de los funcionarios: los desequilibrios de la balanza comercial, que llevaron al gobierno a un creciente control del comercio exterior desde fines de 2011 (lo cual motivó que un grupo de cuarenta países, entre los cuales se cuentan los de la Unión Europea, Japón, Canadá, Estados Unidos y México, presentaran en marzo una queja ante la OMC), y la presión de un importante grupo de industriales gráficos que, desde el año 2010, estaban realizando gestiones para limitar la importación de libros impresos fuera del país. Ambas razones comparten causas comunes, particularmente la creciente pérdida de competitividad de una economía que padece altos índices de inflación con un tipo de cambio relativamente estancado. Pero, a diferencia de muchos otros sectores económicos, a los cuales el gobierno exige, para permitir el ingreso de mercaderías, que compensen las importaciones con exportaciones, en el caso particular de los libros, además de la exigencia que impone el gobierno de equilibrar los saldos del comercio exterior, el lobby de los industriales gráficos consiguió que se sancionara una reglamentación específica, cuya finalidad explícita es el control de la proporción del plomo en la tinta de los libros que se importan pero que, de hecho, funciona como una barrera para-arancelaria destinada a dificultar o restringir el ingreso de libros al país. La combinación de ambas exigencias, los trámites necesarios para cumplirlas y la incertidumbre acerca de la decisión final que adoptará el funcionario a cargo han provocado que buena parte de quienes importaban libros dejen de hacerlo o reduzcan la variedad y cantidad de lo que importan a las necesidades mínimas. De hecho, más allá de los límites concretos que el gobierno imponga, la sucesión de medidas funciona como un incentivo inverso a la importación cuyo efecto inmediato es el empobrecimiento de la oferta editorial en el país.
No es fácil exagerar la gravedad de cualquier decisión gubernamental cuyo objeto o efecto sea dificultar la libre circulación de los libros. Argentina produce aproximadamente el 12.5% de los títulos que se editan en idioma español, lo cual significa que cualquier restricción impuesta al ingreso de libros impedirá al lector argentino el acceso al 87.5% de los títulos que cada año se publican en nuestro idioma –por no mencionar lo editado en otras lenguas–. Pero tan difícil como exagerar las consecuencias es tratar de entender las razones que fundamentan decisiones de esta naturaleza: si desde el punto de vista de la balanza comercial el sector editorial argentino resulta absolutamente irrelevante, sancionar a los lectores para proteger a determinados jugadores de la industria gráfica no es ni más ni menos que una enfervorizada declaración de arcaísmo intelectual, que pone de manifiesto una ideología para la cual el “valor-conocimiento” es desdeñable en relación con el “valor-trabajo”, entendido este puramente como la utilización, lo más extensiva posible, de mano de obra industrial, no necesariamente de alta calificación. Una ideología que sigue persuadida de que las líneas fordistas de producción son más genuinas e importantes que los bienes producidos por la educación, el saber y la creatividad; que la producción industrial de manufacturas –aun si estas tienen un bajísimo valor agregado– es más verdadera que toda producción abstracta, sea de patentes, diseño, conocimiento o arte. Una ideología más apegada, en síntesis, a la capacidad de fabricar objetos materiales, aunque estos sean commodities –que es lo que en verdad hace la industria gráfica: producir commodities– que bienes simbólicos, complejos y de mayor valor agregado como los de la industria editorial, independientemente del soporte en que los manufacture y del sitio en el que los manufacture.
Hay cuando menos dos concepciones que subyacen en las decisiones que el gobierno argentino ha tomado en los últimos meses en relación con la circulación de los impresos. Una, ese apego a lo concreto, lo físico, lo táctil, que va de la producción industrial a los hechos de masas. Otra, la ideología de lo local, lo propio, lo próximo, como algo preferible a lo extranjero, lo ajeno y distante. La síntesis de ambas concepciones fue expresada de modo sorprendente por el secretario de Cultura cuando explicó, a principios de abril, las decisiones del gobierno en función de la defensa de la “soberanía cultural”, que, según razonó, “consiste en que tengamos cada vez una mayor capacidad de decisión para decir qué se debe editar, qué conviene estratégicamente que editemos, y no qué se decida en las grandes capitales del mundo sobre los libros que podemos leer”.
Esa primera persona del plural, ese “nosotros” que “decidimos”, es, a pesar de la apariencia de inclusión, básicamente un modo de excluir: son, sobre todo, ellos, los otros, los extranjeros los que no deben participar de “nuestra” vida. El control de la proporción del plomo en la tinta como mecanismo para impedir o dificultar la importación de libros es una metáfora perfecta de ese sentimiento: lo que viene de afuera contamina y enferma. Que en la segunda década del siglo XXI un gobierno restrinja, por las razones que sean, la libre circulación de libros puede parecer peligroso, pero sobre todo es triste. ~
Desde septiembre del año pasado diversas restricciones administrativas comenzaron a dificultar el ingreso a la Argentina de libros impresos o editados en el extranjero. Sin que mediara, al principio, una normativa precisa que justificara las medidas del gobierno –lo cual incrementaba por una parte la incertidumbre y, por otra, ampliaba los márgenes para las decisiones arbitrarias–, las dificultades para la importación de libros se mantuvieron desde entonces. En los meses transcurridos, se hicieron evidentes dos de las razones que explican la conducta de los funcionarios: los desequilibrios de la balanza comercial, que llevaron al gobierno a un creciente control del comercio exterior desde fines de 2011 (lo cual motivó que un grupo de cuarenta países, entre los cuales se cuentan los de la Unión Europea, Japón, Canadá, Estados Unidos y México, presentaran en marzo una queja ante la OMC), y la presión de un importante grupo de industriales gráficos que, desde el año 2010, estaban realizando gestiones para limitar la importación de libros impresos fuera del país. Ambas razones comparten causas comunes, particularmente la creciente pérdida de competitividad de una economía que padece altos índices de inflación con un tipo de cambio relativamente estancado. Pero, a diferencia de muchos otros sectores económicos, a los cuales el gobierno exige, para permitir el ingreso de mercaderías, que compensen las importaciones con exportaciones, en el caso particular de los libros, además de la exigencia que impone el gobierno de equilibrar los saldos del comercio exterior, el lobby de los industriales gráficos consiguió que se sancionara una reglamentación específica, cuya finalidad explícita es el control de la proporción del plomo en la tinta de los libros que se importan pero que, de hecho, funciona como una barrera para-arancelaria destinada a dificultar o restringir el ingreso de libros al país. La combinación de ambas exigencias, los trámites necesarios para cumplirlas y la incertidumbre acerca de la decisión final que adoptará el funcionario a cargo han provocado que buena parte de quienes importaban libros dejen de hacerlo o reduzcan la variedad y cantidad de lo que importan a las necesidades mínimas. De hecho, más allá de los límites concretos que el gobierno imponga, la sucesión de medidas funciona como un incentivo inverso a la importación cuyo efecto inmediato es el empobrecimiento de la oferta editorial en el país.
No es fácil exagerar la gravedad de cualquier decisión gubernamental cuyo objeto o efecto sea dificultar la libre circulación de los libros. Argentina produce aproximadamente el 12.5% de los títulos que se editan en idioma español, lo cual significa que cualquier restricción impuesta al ingreso de libros impedirá al lector argentino el acceso al 87.5% de los títulos que cada año se publican en nuestro idioma –por no mencionar lo editado en otras lenguas–. Pero tan difícil como exagerar las consecuencias es tratar de entender las razones que fundamentan decisiones de esta naturaleza: si desde el punto de vista de la balanza comercial el sector editorial argentino resulta absolutamente irrelevante, sancionar a los lectores para proteger a determinados jugadores de la industria gráfica no es ni más ni menos que una enfervorizada declaración de arcaísmo intelectual, que pone de manifiesto una ideología para la cual el “valor-conocimiento” es desdeñable en relación con el “valor-trabajo”, entendido este puramente como la utilización, lo más extensiva posible, de mano de obra industrial, no necesariamente de alta calificación. Una ideología que sigue persuadida de que las líneas fordistas de producción son más genuinas e importantes que los bienes producidos por la educación, el saber y la creatividad; que la producción industrial de manufacturas –aun si estas tienen un bajísimo valor agregado– es más verdadera que toda producción abstracta, sea de patentes, diseño, conocimiento o arte. Una ideología más apegada, en síntesis, a la capacidad de fabricar objetos materiales, aunque estos sean commodities –que es lo que en verdad hace la industria gráfica: producir commodities– que bienes simbólicos, complejos y de mayor valor agregado como los de la industria editorial, independientemente del soporte en que los manufacture y del sitio en el que los manufacture.
Hay cuando menos dos concepciones que subyacen en las decisiones que el gobierno argentino ha tomado en los últimos meses en relación con la circulación de los impresos. Una, ese apego a lo concreto, lo físico, lo táctil, que va de la producción industrial a los hechos de masas. Otra, la ideología de lo local, lo propio, lo próximo, como algo preferible a lo extranjero, lo ajeno y distante. La síntesis de ambas concepciones fue expresada de modo sorprendente por el secretario de Cultura cuando explicó, a principios de abril, las decisiones del gobierno en función de la defensa de la “soberanía cultural”, que, según razonó, “consiste en que tengamos cada vez una mayor capacidad de decisión para decir qué se debe editar, qué conviene estratégicamente que editemos, y no qué se decida en las grandes capitales del mundo sobre los libros que podemos leer”.
Esa primera persona del plural, ese “nosotros” que “decidimos”, es, a pesar de la apariencia de inclusión, básicamente un modo de excluir: son, sobre todo, ellos, los otros, los extranjeros los que no deben participar de “nuestra” vida. El control de la proporción del plomo en la tinta como mecanismo para impedir o dificultar la importación de libros es una metáfora perfecta de ese sentimiento: lo que viene de afuera contamina y enferma. Que en la segunda década del siglo XXI un gobierno restrinja, por las razones que sean, la libre circulación de libros puede parecer peligroso, pero sobre todo es triste. ~
domingo, 29 de abril de 2012
lunes, 23 de abril de 2012
Day is Done revisitado
Day is Done forma parte de Five leaves left (1969), primer LP de Nick Drake. En 2005, Brad Mehldau (piano), Larry Grenadier (Bajo) y Jeff Ballard (batería) graban el LP Day is Done, donde reversionan en clave jazz temas de Radiohead, The Beatles, Bacharach,entre otros... y la canción que da título al disco.
martes, 17 de abril de 2012
El mal elemental.
En La mecánica del genocidio, relatadas por los victimarios (Clarín, 3-4-12), Tzvetan Todorov sostiene que para comprender las grandes matanzas del siglo XX no basta con escuchar a las víctimas, también hay que oír a los victimarios.
En 1949, Borges publicó Deutsches Réquiem, su gran relato sobre el nazismo. Otto Dietrich Linde Linde, su única voz narradora –camino anticipatorio y audaz-, subdirector del campo de concentración de Tarnoitz, declarado culpable por “torturador y asesino”, la noche que precede a su ejecución decide hablar, “no para ser perdonado” sino para ser “comprendido”. Y en un momento de su soliloquio define el nazismo como “un hecho moral” que está llamado a fundar el nuevo hombre.
En Algunas reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo (1934), Emmanuel Levinas expone la idea que la filosofía del nazismo implicó una ruptura radical con las ontologías judeocristiana y liberal. Dichas concepciones-dice Levinas- disociaron el ser en cuerpo y espíritu: la razón de la filosofía moderna y el alma cristiana desataron los lazos de la existencia concreta, lo que permitió el sentimiento de la libertad absoluta del hombre respecto del mundo, del orden fáctico. El cuerpo es el obstáculo que aprisiona el impulso libre del espíritu, y lo trae de nuevo a las condiciones terrenales. En este sentido, siempre habrá un sentimiento de extrañeza con el cuerpo. Pero este sentimiento de extrañeza, paradójicamente, es la condición de la libertad.
La filosofía "hitleriana", en cambio, significó un cambio radical en la concepción del ser. El cuerpo ya no es sólo un accidente que pone al hombre en relación con el mundo implacable de la materia: su adherencia al yo vale por sí misma. Este sentimiento de identidad entre el yo y el cuerpo-dice Levinas- no permite la dualidad del espíritu libre que se debate contra el cuerpo al que se habría engarzado. Al contrario, la esencia del espíritu consiste en ese encadenamiento al cuerpo. Se despliega, de esta manera, una idea meramente biológica del hombre. La voz de la sangre, los llamados de la herencia y del pasado regresan triunfales. No es casual, en este sentido, que el relato de Borges comience con Linde dando cuenta de su genealogía.
Si el nazismo encarna e impulsa esta idea “instrumental” del ser, Linde, de algún modo, necesita, para ser merecedor de ella, despojarse de ciertas “timideces cristianas”. “Ignoro si Jerusalem- escritor judío que admite haber asesinado- comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable”. Lo que muere en Linde, por supuesto, es el hombre “viciado”, y alumbra el “nuevo hombre”, objetivo, por lo demás, de los regímenes asesinos de masas.
Si Levinas registró este cambio ontológico a poco de iniciado el régimen nazi, Borges lo tematizó algunos años después. Sin embargo, hay algo más en su relato. Y es la percepción del fracaso del humanismo como potencia domesticadora del hombre. Dice Peter Sloterdijk en Normas para el parque humano. “Los libros, dijo una vez el poeta Jean Paul, son voluminosas cartas a los amigos. Con esta frase llamó él por su nombre de modo refinado y elegante a lo que es la esencia y función del humanismo: una telecomunicación fundadora de amistad por medio de la escritura. Lo que se llama humanitas desde los días de Cicerón, pertenece en sentido tanto estricto como amplio a las consecuencias de la alfabetización”. Apasionado de Brahms y lector de Schopenhauer y Shakespeare, Linde advierte en su discurso: “Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de estos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable”.
La crisis de la humanitas es uno de los temas de La montaña mágica (1924), de Thomas Mann. Al final de ese texto central, cuando Hans Castorp – uno de sus protagonistas-después de haber pasado un tiempo prolongado en un sanatorio para tuberculosos en los Alpes, y testigo privilegiado de trascendentes debates filosóficos entre Settembrini y Naphta, decide regresar a su país para participar en la primera guerra mundial se lee: “Será posible que de esta bacanal de la muerte, que también de esta abominable fiebre sin medida que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, surja alguna vez el amor?
Deutsches Réquiem, acaso, sea la respuesta.
Gerardo Zappa
En 1949, Borges publicó Deutsches Réquiem, su gran relato sobre el nazismo. Otto Dietrich Linde Linde, su única voz narradora –camino anticipatorio y audaz-, subdirector del campo de concentración de Tarnoitz, declarado culpable por “torturador y asesino”, la noche que precede a su ejecución decide hablar, “no para ser perdonado” sino para ser “comprendido”. Y en un momento de su soliloquio define el nazismo como “un hecho moral” que está llamado a fundar el nuevo hombre.
En Algunas reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo (1934), Emmanuel Levinas expone la idea que la filosofía del nazismo implicó una ruptura radical con las ontologías judeocristiana y liberal. Dichas concepciones-dice Levinas- disociaron el ser en cuerpo y espíritu: la razón de la filosofía moderna y el alma cristiana desataron los lazos de la existencia concreta, lo que permitió el sentimiento de la libertad absoluta del hombre respecto del mundo, del orden fáctico. El cuerpo es el obstáculo que aprisiona el impulso libre del espíritu, y lo trae de nuevo a las condiciones terrenales. En este sentido, siempre habrá un sentimiento de extrañeza con el cuerpo. Pero este sentimiento de extrañeza, paradójicamente, es la condición de la libertad.
La filosofía "hitleriana", en cambio, significó un cambio radical en la concepción del ser. El cuerpo ya no es sólo un accidente que pone al hombre en relación con el mundo implacable de la materia: su adherencia al yo vale por sí misma. Este sentimiento de identidad entre el yo y el cuerpo-dice Levinas- no permite la dualidad del espíritu libre que se debate contra el cuerpo al que se habría engarzado. Al contrario, la esencia del espíritu consiste en ese encadenamiento al cuerpo. Se despliega, de esta manera, una idea meramente biológica del hombre. La voz de la sangre, los llamados de la herencia y del pasado regresan triunfales. No es casual, en este sentido, que el relato de Borges comience con Linde dando cuenta de su genealogía.
Si el nazismo encarna e impulsa esta idea “instrumental” del ser, Linde, de algún modo, necesita, para ser merecedor de ella, despojarse de ciertas “timideces cristianas”. “Ignoro si Jerusalem- escritor judío que admite haber asesinado- comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable”. Lo que muere en Linde, por supuesto, es el hombre “viciado”, y alumbra el “nuevo hombre”, objetivo, por lo demás, de los regímenes asesinos de masas.
Si Levinas registró este cambio ontológico a poco de iniciado el régimen nazi, Borges lo tematizó algunos años después. Sin embargo, hay algo más en su relato. Y es la percepción del fracaso del humanismo como potencia domesticadora del hombre. Dice Peter Sloterdijk en Normas para el parque humano. “Los libros, dijo una vez el poeta Jean Paul, son voluminosas cartas a los amigos. Con esta frase llamó él por su nombre de modo refinado y elegante a lo que es la esencia y función del humanismo: una telecomunicación fundadora de amistad por medio de la escritura. Lo que se llama humanitas desde los días de Cicerón, pertenece en sentido tanto estricto como amplio a las consecuencias de la alfabetización”. Apasionado de Brahms y lector de Schopenhauer y Shakespeare, Linde advierte en su discurso: “Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de estos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable”.
La crisis de la humanitas es uno de los temas de La montaña mágica (1924), de Thomas Mann. Al final de ese texto central, cuando Hans Castorp – uno de sus protagonistas-después de haber pasado un tiempo prolongado en un sanatorio para tuberculosos en los Alpes, y testigo privilegiado de trascendentes debates filosóficos entre Settembrini y Naphta, decide regresar a su país para participar en la primera guerra mundial se lee: “Será posible que de esta bacanal de la muerte, que también de esta abominable fiebre sin medida que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, surja alguna vez el amor?
Deutsches Réquiem, acaso, sea la respuesta.
Gerardo Zappa
viernes, 13 de abril de 2012
viernes, 30 de marzo de 2012
Masa
Elías Canetti
Pues nada sabían de aquella fuerza motriz de la historia, mucho más profunda y auténtica: el impulso humano a fundirse en una especie animal superior, la masa, y a perderse tan irremisiblimente en ella como si nunca hubiera existido un hombre aislado. Porque además eran educados, y la educación es un arma defensiva del individuo contra la masa que lleva adentro.
No menos que la lucha por el hambre o por el amor, practicamos la llamada lucha por la vida con el fin de aniquilar nuestra masa interior. Pero ésta se robustece tanto bajo ciertas circunstancias que obliga al individuo a actuar en forma desinteresada y hasta en contra de sus propios intereses. La "humanidad" existía como masa mucho antes de haber sido formulada y diluida en conceptos. Como un animal monstruoso, salvaje, ardiente y exuberante, la masa hierve y se agita en lo más hondo de nuestro ser, a mayor profundidad que nuestras mismas Madres. Es, pese a su edad, el más joven de nuestros animales, la criatura esencial de la Tierra, su meta y su futuro. Pero nada sabemos de ella y vivimos, supuestamente, como individuos. No obstante, la masa se abate a veces sobre nosotros como una espumante resaca, como un océano furioso en el que cada gota permanece viva y aspira a lo mismo. Al poco rato se dispersa, devolviéndonos a nuestro estado habitual de pobres diablos solitarios. Y entonces, nos resulta inconcebible recordar alguna vez que llegamos a ser tantos, tan grandes y tan "Uno". "Enfermedad", dirá un comentarista inteligente; "la bestia en el hombre", atenuará un humilde cordero, sin sospechar cuán próximo a la verdad se halla su error. Entretanto, la masa prepara un nuevo ataque desde adentro. Hasta que un día ya no vuelva a dispersarse, quizá en un sólo país al comienzo, y de allí empiece a propagarse a todos lados hasta que nadie ponga en duda su existencia, porque ya no habrá más Yo, ni Tu, ni EL, sino sólo ella: la masa.
en Auto de Fe
Pues nada sabían de aquella fuerza motriz de la historia, mucho más profunda y auténtica: el impulso humano a fundirse en una especie animal superior, la masa, y a perderse tan irremisiblimente en ella como si nunca hubiera existido un hombre aislado. Porque además eran educados, y la educación es un arma defensiva del individuo contra la masa que lleva adentro.
No menos que la lucha por el hambre o por el amor, practicamos la llamada lucha por la vida con el fin de aniquilar nuestra masa interior. Pero ésta se robustece tanto bajo ciertas circunstancias que obliga al individuo a actuar en forma desinteresada y hasta en contra de sus propios intereses. La "humanidad" existía como masa mucho antes de haber sido formulada y diluida en conceptos. Como un animal monstruoso, salvaje, ardiente y exuberante, la masa hierve y se agita en lo más hondo de nuestro ser, a mayor profundidad que nuestras mismas Madres. Es, pese a su edad, el más joven de nuestros animales, la criatura esencial de la Tierra, su meta y su futuro. Pero nada sabemos de ella y vivimos, supuestamente, como individuos. No obstante, la masa se abate a veces sobre nosotros como una espumante resaca, como un océano furioso en el que cada gota permanece viva y aspira a lo mismo. Al poco rato se dispersa, devolviéndonos a nuestro estado habitual de pobres diablos solitarios. Y entonces, nos resulta inconcebible recordar alguna vez que llegamos a ser tantos, tan grandes y tan "Uno". "Enfermedad", dirá un comentarista inteligente; "la bestia en el hombre", atenuará un humilde cordero, sin sospechar cuán próximo a la verdad se halla su error. Entretanto, la masa prepara un nuevo ataque desde adentro. Hasta que un día ya no vuelva a dispersarse, quizá en un sólo país al comienzo, y de allí empiece a propagarse a todos lados hasta que nadie ponga en duda su existencia, porque ya no habrá más Yo, ni Tu, ni EL, sino sólo ella: la masa.
en Auto de Fe
lunes, 26 de marzo de 2012
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