viernes, 22 de junio de 2012

martes, 19 de junio de 2012

miércoles, 13 de junio de 2012

La ciencia y las artes

por M. John Harrison

 Mona tenía algo menos de cuarenta años. Dos antes que nos conociéramos había pasado unos meses en un hospital psiquiátrico. Cuando se hizo evidente que el dolor constante del que se quejaba no era imaginario sino producto de una operación fallida, ya tenía la carrera arruinada y el sistema inmunológico quebrado. Era anoréxica, proclive a ataques de pánico y sufría depresiones.
Vivió un tiempo en Stoke Newington, donde tuvo una historia fugaz con un periodista, y después se traslado a Camden, donde hizo cursos de terapia del dolor. Se inscribió en el Slade. Nos presentaron un año más tarde y empezamos a vernos cada quince días más o menos. Ella estaba mal enredada con un escultor, un hombre dependiente y manipulador que andaba por los cincuenta. Yo estaba mal enredado con una mujer que se había pasado a la novela al cabo de una carrera en el teleteatro. Durante un tiempo los amigos comunes trataron de juntarnos pero fracasaron.
El apartamento de mona estaba en una callecita tranquila al norte de Camden High Street. Constaba de tres ambientes ( uno de los cuales ella usaba como estudio), cocina y cuarto de baño. La cocina era muy chica. Como no comía mucho, Mona vivía mayormente en la otra punta, en la habitación que daba a la calle. Allí tenía la computadora, unos estantes, un sofá, un televisor y, situada para poder ver la tele, la cama.
La cama era de plaza y media, con edredón y manchada colcha blanca. Había dos almohadas, una de vieja, muy amarillenta y sin funda. Cuando el dolor aumentaba o tenía mucho frío, Mona subía el edredón hasta la barbilla y miraba televisión desde la cama mientras el visitante se sentaba en el sofá. O a mitad de la velada se iba a acostar sin quitarse la ropa, como una nena.  
Era desconcertante. Por más que uno supiese que estaba vestida, siempre que apartaba las cobijas para levantarse de nuevo había un momento de incertidumbre.

 Cualquier día malo le daba la sensación de que iba a recaer. Una tarde me llamó a las siete.
-Creo que no he comido-dijo.
Finalmente la semana anterior había conseguido romper con el escultor, a quien por su parte acababan de operar de gravedad. Me llegué hasta Camden a ver si podía ayudar. La alegró tener a alguien que la cuidase un par de horas, pero se preocupó por aclarar que, si bien yo la atraía, y sabía que ella me atraía a mí, por el momento no quería una historia con nadie.
Le dije que no había ido por eso. No esperaba recompensa por dar ayuda.
Me preguntó si podía abrazarme. Dije que sí. Me había sentado en el sofá. Ella se arrodilló frente a mí y la rodeé con los abrazos. Me sentía torpe, pero era lo que ella quería.

-Te escucho el corazón-dijo en un momento-. Me da mucho consuelo.
-Tendrías que llorar todo lo que necesites, dije yo.

Estuvo casi una hora arrodillada en el suelo. Si hubiese entrado alguien podría habernos tomado por una de esas parejas despiadadamente torpes de Egon Schiele, pero sin sexo. Yo no podía pensar en otra cosa que en cuánto debían dolerle las rodillas. Llevaba un mes sin verla y estaba aún más flaca de lo que recordaba. Por fin se levantó y fue a acostarse. No bien me pareció que se sentía mejor le preparé una cena, que comimos frente al televisor. La hice prometerme que iba a comer más seguido y por unos días tomarse las cosas con calma. Cuando a las doce menos cuarto me levanté para irme, dijo ansiosamente:
-¿Seguro que a esta hora tendrás cómo llegar a tu casa? Si es difícil estás invitado a quedarte.

No había problema, le dije. Mi casa estaba a pocas estaciones en la línea norte. En realidad, cocinar me había cansado. Quería irme para pensar si aquello tenía algún significado.

 Dos días más tarde estábamos en una Pizza Express. Ella me había pedido que le explicase la idea de la “memoria cuántica” para incorporarla a un trabajo que estaba haciendo para el curso de la fundación Slade. Yo había empezado a decir algo como “La luz puede ser una onda o una partícula según lo que espere el observador”, cuando ella me interrumpió:
-Qué fálico, ¿no? Tú aquí hablando de cosas minúsculas y mira qué hago yo.

Estaba frotando con los dedos el candelabro que había en la mesa. Como me había dejado perplejo, contesté:
-Sí, ¿no? J aja-y seguí explicándole la naturaleza doble de la luz-. Lo he escrito todo-dije.

  La acompañe a su casa. Fue al baño y se puso un pijama de algodón y un vencido pulóver gris tejido a mano.
-Me tomé en serio tu consejo-dijo-.De veras. Te soy franca, estoy comiendo mucho más.

Abrió en el suelo una carpeta de sus obras para que las mirásemos. Eran fotos de altas construcciones extrañas hechas con vendas, alambre y pedazos de papel con citas sobre la enfermedad. Tenía imágenes de su operación y de la del escultor. Le interesaba el texto como objeto. Dijo que empleaba citas de otros porque en sus propias opiniones le constaba confiar. Yo dije que en los sesenta había resuelto el problema presentando mis opiniones como citas ajenas, de ese modo me parecieron más autorizadas hasta que gané confianza para presentarlas como mías. Después hice té, miré un programa sobre gestión de riesgo y a las once y media me levanté para irme.

-Es tardísimo-dijo-.Si te es difícil llegar a tu casa estás invitado a quedarte.
-Hasta las doce y media hay subtes-dije yo.

Un rato antes le había dedicado un libro mío. Había escrito: “Aliméntate bien. Ponte fuerte. Cuídate”. Era una novela sobre una mujer que quería volar pero lo máximo que conseguía era un tratamiento cosmético que le daba aspecto de pájaro. Le dije a Mona que me perdonará si al parecer en todos mis libros había mujeres que se enfermaban mucho después de una serie de operaciones.
He aquí el resumen que le escribí sobre la memoria cuántica:

Toda partícula que haya tenido relación con otra partícula recuerda en cierto modo esa relación y la traslada al intercambio siguiente. Todo lo que alguna vez ha estado unido permanece unido de una manera u otra. Esto sólo se da en el nivel de las cosas muy pequeñas-
Indeterminación cuántica:

a)      Si se sabe dónde está una partícula, no se puede conocer su velocidad. Si se conoce su velocidad, no se puede saber dónde está.

b)      La luz puede describirse como onda o como partícula. No es que sea las dos cosas a la vez: es auténticamente una cosa o la otra según la maquinaria que se use para observarla.

Las partículas cuánticas empiezan como potencial de las condiciones que llamamos espacio vació. Luego son “observadas” o atrapadas en un lugar por el resto del universo: es decir, las condiciones locales dan contexto a uno de los estados potenciales y lo “eligen” para que se realice. Sin embargo, la opción que el universo no eligió sigue existiendo de manera más informal.
Puesto que se puede decir que cada opción tiene una “memoria” de las otras, y que se han descartado todos los mecanismos propuestos hasta hoy para la memoria humana- desde la químico-celular hasta  la holografía, de distribución más amplia-algunos científicos juegan con la idea de que la memoria podría depositarse en el nivel cuántico en transacciones como la que he descrito.
Científicamente es una especulación. Como metáfora, bastante linda. Todo los demás-la indeterminación cuántica, la naturaleza doble de la luz, etc.- es cierto, hasta donde puede afirmarse que algo es cierto usando herramientas experimentales contemporáneas.
Ya era hora de que yo aprendiese a proteger a las mujeres de mis entusiasmos: eso me había dicho la ex guionista antes de cortar conmigo esgrimiendo una foto, aparecida en las páginas de Publishing News, donde se me veía con una novia de otro tiempo. Pensaba que para las mujeres el entusiasmo masculino era una forma de abuso. Lo llamaba “energía viril”. Enviarle a Mona confusas ideas de física cuántica impresas en Gill Sans Condensend negrita de cuerpo 18 no era una forma de protegerla de mi entusiasmo. Tal vez también a Mona el entusiasmo le pareciese energía viril. Tal vez por eso se había descubierto masturbando una vela en el Pizza Express.
Mona rondaba su casa en pulóveres raídos, faldas muy cortas y medias gruesas. Era parte del amontonamiento, un gesto incompleto, flaca como un palo pero siempre elegante. Tenía tal  serenidad que uno podía cruzársela en la sala y no verla. La vez siguiente la encontré de pie junto a la mesa, con una mano apoyada en el tablero y la otra levantando, pero sin volverla, una página del diario que estaña mirando.

-Buenas, dije.
-¡Ah, hola!-Hablaba como si hubiera olvidado que en  la casa había alguien más; o como si yo hubiera aparecido después de un larga ausencia.

-Pensé que estabas en el otro cuarto-dije.

-No-dijo ella-. Estuve todo el tiempo aquí.

Esa noche fuimos al West End a ver El paciente inglés. Por Shaftesbury Avenue Mona caminó hasta el cine muy despacio. Nos sentamos en la punta de una fila, con los torsos un poco alejados. Ella había ocupado la butaca del pasillo por si necesitaba levantarse. Era una de las técnicas que le habían enseñado para manejar el dolor. En una escena de la película se daba a entender que a un hombre tenían que cortarle los dedos. O tal vez eran los pulgares. No se veía nada, pero de golpe el público se tragaba el aliento. En todo el cine había gente contraída para no ver del todo. Jadeando, Mona me aferró la mano. Me atrajo hacía ella y así estuvimos unos momentos.

-Hay algo en esta película que no me convence-dijo a la salida del cine-. Es demasiado correcta.
Le pregunté qué quería decir.

- Bah, no sé bien-dijo-. Me parece que necesitó un té.

Cuando llegamos a la casa fui a la cocina. Mientras ponía bolsitas en las tazas y esperaba a que hirviese el agua la oí entrar y salir del baño.
-Yo me voy a acostar-dijo en voz alta-. Hace frío aquí. ¿Tú no tienes frío?

Dije que estaba bien. Cuando llevé el té a la sala, tenía la tele encendida. Miramos un rato, bebiendo el té, y luego me levanté para irme.

-Me preocupa que te vayas tan tarde-dijo Mona-. ¿estás seguro de que habrá tren? Lo más fácil es que te quedes.

-No-dije yo-. De verás, parece que circulan trenes sin parar.
-Mira si te asaltan.

Me reí.
Tenía las cobijas hasta el mentón. Era toda ojos.

-Yo quiero que te quedes-dijo.

-Eso es otra cosa-dije yo.
Me lleve las tazas y apagué la tele. Ella me miró desvestirme. Luego alzó el borde del edredón para animarme.

-Creí que todavía estabas vestida-dije yo.
Me miró ansiosa, manteniedo el edredón levantado para dejarme ver.

-Estoy sangrando un poquito-dijo-. No te importa, ¿no?.


En Preparativos de viaje, Interzona

martes, 5 de junio de 2012

Brian Eno

por Simon Reynolds

(...) Además de ser un conducto hacia el rock para cierta sensibilidad de escuela de arte británica de los sesenta, Eno fue también una figura clave en la emergencia de un abordaje "pictórico" de la grabación. Junto con Robert Wyatt y Pink Floyd, estaba en la vanguardia de la exploración de las posibilidades espaciales y texturales abiertas por el estudio de grabación. En sus intervenciones y escritos se abre paso un consistente impulso para traducir el sonido al registro visual, ya sea hablado de la cinta como de un lienzo sobre el cual uno puede pintar una capa de sonido sobre otra, ya sea refiriéndose a su producción para grupos como U2 en términos de "paisajes donde las canciones acontecen". La esencia de la producción de la grabación consistía para Eno en la retirada del tiempo real: en lugar de grabar un evento musical, se construye un pseudoevento fantasmagórico que bien podría no haber sucedido nunca como actuación real en un momento específico. Los efectos y los tratamientos sonoros abrían una fantástica paleta de timbres; el emplazamiento en estéreo, el paneo y la cámara recreaban en audio el equivalente de la perspectiva y habilitaban todo tipo de espacialidades ficcionales a la manera de Escher; el método cortar y pegar  y los loops de cintas lograron efectos a mitad de camino entre el collage y el viaje en el tiempo".

Ono, Eno, Arto: no-músicos y la emergencia del "Rock Conceptual". (fragmento), en Después del Rock.

Pour it out y The real pertenecen al disco Drums between the bells ( 2011)

miércoles, 30 de mayo de 2012

viernes, 25 de mayo de 2012

Fe y capitalismo

Alvaro García-Ormaechea tradujo para Fuera de lugar esta intervención radiofónica de Agamben recogida por La República el 16 de febrero.

 Giorgio Agamben

Para comprender lo que quiere decir la palabra “futuro” antes hay que entender lo que significa otra palabra, una que ya no acostumbramos a usar más que en la esfera religiosa: la palabra “fe”. Sin fe o confianza no es posible el futuro, hay futuro solo si podemos esperar o creer en algo. Ya, pero la fe ¿qué es? David Flüsser, un gran estudioso de la ciencia de las religiones –pues existe una disciplina de tan extraño nombre– estaba hace poco trabajando en la palabra pistis, que es el término griego que Jesús y los apóstoles usaban para “fe”. Aquel día, que iba paseando por casualidad por una plaza de Atenas, en un momento dado alzó la vista y vio ante sí escrito con grandes caracteres: Trapeza tes pisteos. Estupefacto por la coincidencia, miró mejor y a los pocos segundos se dio cuenta de que se encontraba simplemente a la puerta de un banco: trapeza tes pisteos significa en griego “banco de crédito”. Ese era el sentido de la palabra pistis, que llevaba meses tratando de entender: pistis, “fe”, no es más que el crédito del que gozamos ante Dios y el crédito del que goza la palabra de Dios ante nosotros, a partir del momento en que la creemos. Por eso Pablo puede decir en una famosa definición que “la fe es sustancia de cosas esperadas”: aquello que da realidad a lo que todavía no existe, pero en lo que creemos y tenemos confianza, en lo que hemos puesto en juego nuestro crédito y nuestra palabra. Algo así como un futuro existe en la medida en que nuestra fe logra dar sustancia, es decir realidad, a nuestras esperanzas. Pero ya se sabe que la nuestra es una época escasa de fe o, como decía Nicola Chiaromonte, de mala fe, de fe mantenida a la fuerza y sin convicción. Una época, por tanto, sin futuro y sin esperanzas –o de futuros vacíos y de falsas esperanzas–.
Pero en esta época nuestra, demasiado vieja para creer verdaderamente en nada y demasiado listilla para estar verdaderamente desesperada, ¿qué hay de nuestro crédito? ¿Qué hay de nuestro futuro?
Bien mirado, existe aún una esfera que gira toda ella en torno al perno del crédito, una esfera a la que ha ido a parar toda nuestra pistis, toda nuestra fe. Esa esfera es la del dinero, y la banca –la trapeza tes pisteos– es su templo. El dinero no es sino un crédito, y de ahí que muchos billetes (la esterlina, el dólar, si bien no, quién sabrá por qué, quizás esto nos debería haber hecho sospechar algo, el euro) aún lleven escrito que el banco central promete garantizar de alguna manera ese crédito. La consabida “crisis” que estamos atravesando –pero ya ha quedado claro que eso a lo que llamamos “crisis” no es sino el modo normal en que funciona el capitalismo de nuestro tiempo– comenzó con una serie de operaciones irresponsables sobre el crédito, sobre créditos que eran descontados y revendidos decenas de veces antes de que pudieran ser realizados. En otras palabras, eso significa que el capitalismo financiero –y los bancos, que son su órgano principal– funciona jugando con el crédito, que es tanto como decir la fe, de los hombres.
La hipótesis de Walter Benjamin según la cual el capitalismo es en verdad una religión –y la más feroz e implacable que haya existido nunca, pues no conoce redención ni tregua– hay que tomarla al pie de la letra. La Banca, con sus grises funcionarios y expertos, ha ocupado el lugar que dejaron la Iglesia y sus sacerdotes. Al gobernar el crédito, lo que manipula y gestiona es la fe: la escasa e incierta confianza que nuestro tiempo tiene aún en sí mismo. Y lo hace de la forma más irresponsable y sin escrúpulos, tratando de sacar dinero de la confianza y las esperanzas de los seres humanos, estableciendo el crédito del que cada uno puede gozar y el precio que debe pagar por él (incluso el crédito de los estados, que han abdicado dócilmente de su soberanía). De esta forma, gobernando el crédito gobierna no solo el mundo, sino también el futuro de los hombres, un futuro que la crisis hace cada vez más corto y decadente. Y si hoy la política no parece ya posible es porque de hecho el poder financiero ha secuestrado por completo la fe y el futuro, el tiempo y la esperanza.
Mientras dure esta situación, mientras nuestra sociedad que se cree laica siga sirviendo a la más oscura e irracional de las religiones, estará bien que cada uno recoja su crédito y su futuro de las manos de estos lóbregos, desacreditados pseudosacerdotes, banqueros, profesores y funcionarios de las varias agencias de rating. Y acaso lo primero que hay que hacer sea dejar de mirar tanto hacia el futuro, como ellos exhortan a hacer, y volver un poco la vista al pasado. Pues solo comprendiendo lo que ha sucedido, y sobre todo tratando de entender cómo ha podido ocurrir será posible, quizás, reencontrar la propia libertad. La arqueología –no la futurología– es la vía de acceso al presente.


lunes, 21 de mayo de 2012

Sociedades de control

Por Daniel Vittar para Clarín

En una pequeña y somnolienta comunidad del oeste de Estados Unidos, donde la mayoría de sus casi 7.000 habitantes son mormones, la comunidad de inteligencia está levantando el centro de espionaje más grande que el mundo haya conocido hasta ahora. La ciudad se llama Bluffdale y se encuentra en el estado desértico y montañoso de Utah, cuya población mira con asombro el gigante que está construyendo el cuerpo de ingenieros del Ejército. Se trata de la nueva base de la poderosa National Security Agency (NSA), que se convertirá en el corazón de un colosal tablero mundial destinado a espiar cada rincón del planeta que considere hostil o afecte los intereses de Washington. Es, tal vez, el paso más beligerante que da EE.UU. en la llamada “guerra del ciberespacio”.
Carroll F. Pollett, director de la Agencia de Defensa de Sistemas de Información (DISA), lo explicó con claridad en una sesión en el Congreso. “ El ciberespacio se ha convertido en un nuevo campo de batalla . Ha adquirido una importancia similar a la que tienen los otros, tierra, mar, aire y espacio. Está claro que debemos defenderlo y volverlo operativo”. En lenguaje militar, el ciberespacio es denominado “quinto campo de batalla”.
El centro de datos de Bluffdale es una descomunal estructura –cinco veces el tamaño del Capitolio– que albergará la más moderna tecnología destinada a interceptar, almacenar, descifrar y analizar la compleja red de comunicaciones del globo. Sus veloces computadoras deglutirán inconmensurables datos captados por los satélites, extraídos de la red de celulares y arrebatados a la Web. En su primera etapa el emprendimiento se mantuvo en estricto secreto hasta que salió a la luz por una investigación del periodista James Bamford, experto en inteligencia, en Threat Leve l, un medio especializado en seguridad.
El amo de esta omnisciente instalación es la NSA, la agencia más poderosa y enigmática de EE.UU., cuya capacidad y recursos dejaron muy atrás a la CIA y al FBI. Su especialidad son las comunicaciones y el criptoanálisis. Es, básicamente, un “Gran Hermano” de formidables dimensiones. Para ello dispone desde hace más de tres décadas de la polémica red de espionaje Echelon, basada en satélites alrededor del planeta.
Este nuevo bunker de la NSA costará unos 2.000 millones de dólares y se espera que lo terminen el año próximo. Pese al aura de secreto, medios estadounidenses adelantaron que constará de cuatro salas de 2.300 metros cuadrados, cada una de ellas llena de servidores. A esto hay que agregarle otras plantas, de medidas similares, destinadas al sector técnico y administrativo. Tal cantidad de equipos necesita un enorme poder de refrigeración y esto, a su vez, de energía. Se presume que consumirá el promedio de electricidad que utiliza habitualmente una pequeña ciudad. Todo el complejo será autosuficiente.
Su funcionamiento, una vez terminado, será el siguiente. Tomará la información recogida por los satélites –particularmente de la red Echelon–, los datos provenientes de agencias en el exterior y las comunicaciones interceptadas en los centros de vigilancia instalados en el mundo, para luego depurar, analizar y determinar que es relevante para la sede madre de NSA en Maryland.
Si bien el proyecto se concreta ahora, tiene su origen en una iniciativa que la NSA impulsó durante el gobierno de George W. Bush tras el 11/S, que se conoció como “Stellar Wind” (viento estelar). Esta actividad de espionaje resultó tan controvertida y peligrosa para los propios estadounidenses que el Parlamento se opuso, y terminó anulándola. Pero desde hace unos años volvió con fuerza. El punto que genera mayor incógnita en este proyecto tiene que ver con la monstruosa cantidad de datos que podrán escanear los equipos de la NSA. De hecho será enormemente superior a lo que se hace actualmente, que de por sí es asombroso.
Más allá de los controles para mantener la seguridad interna, los servicios de inteligencia estadounidenses apuntan ahora a detener los continuos ciberataques chinos que sufrieron agencias del gobierno y empresas , tanto militares como comerciales. Hoy, en esta gran guerra tecnológica desplegada por las potencias, donde el robo industrial se convirtió en un hecho cotidiano, los grandes enemigos para EE.UU. son China y Rusia, y en menor medida Corea del Norte e Irán. En este marco no se sabe muy bien si la gran central de la NSA busca proteger el país contra los ciberataques y descubrir células terroristas, o incursionar con mayor capacidad en el espionaje comercial. El general Keith Alexander, director de la NSA, expuso la cuestión en una comisión del Congreso: “ Necesitamos hacer que sea más difícil para los chinos hacer lo que están haciendo . La propiedad intelectual no está bien protegida, y podemos hacer un mejor trabajo protegiéndola”.
Desde la otra vereda, el coordinador especial de Rusia en tecnología de la información, Andrey Krutskikh, resumió el escenario con estas palabras: “Tenemos una situación en la que se producen millones de ataques de hackers contra nuestro dinero, contra nuestras empresas, en nuestras computadoras privadas, significa que es una forma nueva de confrontación ”.
Para los especialistas, la guerra del ciberespacio entró en una nueva y peligrosa fase, donde el desarrollo tecnológico será fuente de poder y control.
“Estamos a una pequeña distancia del Estado totalitario” , advirtió el ex integrante de la NSA William Binney. Y sus palabras hacen pensar que tal vez no se comprendió a tiempo lo que en su momento planteó Ray Bradbury: “No intento describir el futuro; intento prevenirlo”.

martes, 15 de mayo de 2012